10 de abril.

Doña Emilia está ahora por París; ha hablado a los franceses de la España de ayer, de la España de hoy y de la España de mañana... Como casi siempre, dos versiones llegan, una del éxito de la conferenciante, otra del fracaso. Creo desde luego en la primera. Los franceses (fuera de la tradicional cortesía y de la no menos tradicional novelería) han oído en su idioma, a una mujer muy inteligente, muy culta, que les ha hablado desembarazadamente de un tópico que todavía no ha perdido su actualidad; el problema español, después de la débâcle. La señora Pardo-Bazán cuenta desde hace tiempo con largas simpatías y amistades del otro lado de los Pirineos, desde sus visitas al desván de los Goncourt, desde La cuestión palpitante. Es colaboradora de más de una revista parisiense, y luego, para su buena recepción, tenía la excelente «guardia de honor» de La Fronde. No deja de haber murmuradores que encuentran raro lo de que España vaya a ser representada intelectualmente, en la Sociedad de Conferencias, por una mujer. «Después de todo—me decía un espiritual colega—es lo que tenemos más presentable fuera de casa».

Y ciertamente, como no fueran Menéndez y Pelayo o Galdós a París, en esta ocasión no sé quién mejor que doña Emilia hubiera podido hablar en nombre de la cultura española. La de doña Emilia es variada y por decir así europea, a pesar de su siempre probado retorno al terruño después de sus excursiones a tales o cuales islas mentales de pensadores extranjeros. En ella lo nacional no alcanza a ser ocultado completamente por propósitos de arte o pasiones intelectuales. Su catolicismo, por ejemplo, ha hendido como una vieja y fuerte proa, las oleadas naturalistas y las filosofías de última hora. Su forma literaria no ha podido asimilarse nunca nada extraño a la tradición castellana; y encuentro de una justicia que no ha menester muchas demostraciones para vencer, sus pasadas tentativas para conseguir, lo que por derecho propio se le debe, un sillón de la Real Academia Española.

Y es un personaje simpático y gallardo, esta brava amazona que en medio del estancamiento, del helado ambiente en que las ideas se han apenas movido en su país en el tiempo en que le ha tocado luchar, ha hecho ruido, ha hecho color, ha hecho música y músicas, poniendo un rayo rojo en la palidez, una voz de vida en el aire, a riesgo de asustar a los pacatos, colocándose masculinamente entre los mejores cerebros de hombre que haya habido en España en todos los tiempos.

Es la señora Pardo-Bazán de cierta edad, todavía guapa y exuberante de vida. Su trato es amenísimo y desde el primer momento, si lo merecéis, tenéis su aprecio intelectual y se abre su amable confianza.

Pocas veces puede encontrarse unida tan llana franqueza con tan inconfundible distinción. Vive en su casa de la calle Ancha de San Bernardo, en compañía de su madre la condesa viuda de Pardo-Bazán, de sus hijas las señoritas de Quiroga y su hijo don Jaime, que, entre paréntesis, le ha resultado un gran partidario de don Carlos. En la casa se celebran con bastante frecuencia reuniones a que concurren personajes políticos y de la nobleza, y principalmente, hombres de letras y artistas. Puede asegurarse que no hay escritor o artista extranjero que no sea invitado a estas recepciones, y como doña Emilia habla la mayor parte de las lenguas europeas, se entiende con cada cual en su idioma. Sus libros han tenido una fama creciente en toda Europa y ha sido traducida la mayor parte de ellos en las principales naciones.

Desde hacía algunos días circulaba la noticia de que la señora Pardo-Bazán iría a París a dar una conferencia sobre España. En el Journal des Débats apareció un artículo de Boris de Tannemberg anunciando a los parisienses la llegada de la escritora, y poco después, ella partía, en efecto, a llenar su compromiso.

Ecos varios, como he dicho al comenzar, llegan de la conferencia, y en los extractos de ella aparecen, como puntos principales, las dos leyendas de España, la «leyenda áurea» y la «leyenda negra».

La leyenda áurea, es decir, una España heroica, noble, generosa, potente, cuna del valor y la hidalguía. La leyenda negra, una España codiciosa, sangrienta, avara, inquisitorial, terriblemente peligrosa al progreso humano. La primera, dice la señora Pardo-Bazán, ha sida la causa de los desastres actuales. Ella se arraigó tanto en el espíritu de la Nación, que formó un pueblo optimista, quijotesco, vanidoso, que con castillos en el aire compensaría su decadencia y su pobreza. Los hombres dirigentes, los guías de la política del reino en los últimos años, se dejaban cegar por los mirajes y perdían el concepto de la realidad.