La intriga principal de la novela no interesa tanto como esos episodios en que se resucita la vida privada de la España de aquellos días. Lo anecdótico histórico triunfa sobre la inventiva del escritor. Hay cartas que sobresalen, como las firmadas por la joven Gracia, la cual pone en su escritura mucho de su nombre, aunque escasísima ortografía. En este caso podría ella decir, con gran justicia, que la ortografía no es lo primero, y que epitológrafa de tanto vuelo como madame de Sevigné, no era muy católica en tales disciplinas.
Entre otras figuras que aparecen en el desfile de personajes, está la del célebre banquero Salamanca, pero apenas esbozada y falta de detalles, que habrían sido muy del agrado del lector contemporáneo. Apenas si se entrevé algo de la juventud de Zorrilla; no se nos informa de la vida intelectual del semiargentino Ventura de la Vega. De Espronceda habrían sido muy bien recibidos datos sobre sus amores con la famosa Teresa del no menos famoso canto. Pudo el señor Galdós aumentar la parte íntima de sus tipos, para lo cual no le faltarían seguramente buenos informantes. Muchas gentes hay en España que han vivido parte de esa época, no tan remota, y que, testigos de varios hechos, ayudarían eficazmente a la documentación del novelista.
A propósito del suicidio de Larra. La primera vez que fuí a visitar a Mariano de Cávia, este excelente camarada y escritor de tan rico ingenio, me llevó a uno de los balcones de su casa, y señalándome uno de la casa de enfrente, que forma esquina en la calle de Amnistía, me dijo: «Cada vez que me asomo veo allí una página de gran filosofía». Y me explicó de qué manera en aquella casa se había dado muerte uno de los más firmes y finos talentos de la España de este siglo, el pobre Mariano José de Larra. En lo primaveral de la juventud, en un tiempo en que todo favorecía al encumbramiento de su personalidad, al definitivo triunfo, a la gloria segura, aquel hombre, que había recibido de la implacable Eironeia las más temibles armas del estilo, los más sutiles venenos del pensamiento, fué una víctima de ella misma. La aventura pasional se cristalizó en un diamante de sangre, y aquel amargo dueño de la sátira murió por desdenes de amor, muerte de buen romántico.
No querráis nunca ver el reverso de la sonrisa.