La canción, editada generalmente en el Faubourg Saint-Denis o en la calle du Croissant, lleva su ilustración, su grabado espeluznante, o amoroso, o patriótico. Así la canción en la calle va presentada por la pintura, por la música y por la poesía. No podrá quejarse el aficionado. Los temas cambian como la actualidad, y de este modo la profesión no tiene tiempo perdido, y la ganancia es segura. Vale más que asaltar, robar o hacer el oficio de los célebres, por ahora, Leca y Manda, dueños que fueron de la innominable Casque d'or.


Eugenie Buffet logró gran fama, hace algunos años, saliendo a cantar para los pobres; y en las calles de París recogió muy buenas cantidades, ayudada por su agradable figura, su buena voz y su buen talento. La vi en tiempo de la Exposición, en el París viejo, en el Cabaret de la pomme de pin. Y la he vuelto a ver en otro cabaret que ha hecho ruido al fundarse en Montmartre, pues no se podía conseguir el permiso para su fundación: La Purée. En esos cabarets montmartreses y en algunos del barrio Latino, se refugia la canción que guarda las tradiciones y las preeminencias de antaño, aunque muy venida a menos. Los poetas cancionistas de esos lugares son casi todos comerciantes al pormenor de talentos sin salida o sin colocación. Esos artistas que tanto han dicho y dicen de la burguesía, son servidores de ella, histriones de ella. El renombrado Fursy tiene como clientela la flor mundana y demi-mundana. Los poetas de su boîte divierten a las cortesanas y a las gentes de dinero, diciendo sátiras más o menos graciosas contra personalidades conocidas, y formando, por así decir, una gaceta lírica con todos los sucesos que llaman la atención pública. El cabaret de Fursy es caro como un teatro de primer orden, y se va a él después de comer en casa de Paillard... Esa no es la canción en la calle. Es la canción del tiempo en que vivimos.

¡Ah! las ilusiones de tantos jóvenes americanos cuyas cartas recibo, en que me hablan como de un soñado paraíso intelectual de esos centros en que ellos juzgan triunfantes a la bella Poesía y al Arte adorado.

Hay, en esos centros, unos cuantos hombres de bastante talento, aquí donde todo el mundo tiene talento, que le saben sacar su provecho al oficio de rimar; y unos cuantos pobres diablos que cantan por unos pocos francos la romanza sentimental o la canción de faits divers. Y entre los concurrentes, gentes de todo pelaje, mujercitas fáciles, botticellis que se dicen eterómanas, poetastros, viejos ratés, o muchachos con fortuna que van a pasar el rato con su amiga. Por una hermosa poesía, muchas mediocres, escatológicas, o tontamente obscenas. Por una manifestación de arte, o de sentimiento, un sinnúmero de bufonadas sin sal ni gracia. No faltan exóticos y rastacueros que aparentan gozar con todo lo que allí se ve y oye, dando por un hecho que, para ser parisiense, hay que gustar de ello.

La época actual ha bastardeado las cosas del espíritu y del entendimiento y corazón. El utilitarismo y la poca fe han mermado el soñar y el sentir. La vieja lira se ha vuelto un instrumento que hay que poseer a escondidas, en catimini, como dicen por acá.

Las rimas en Francia están de baja. A pesar de ser Hugo divinizado, los libros de versos no tienen salida en las librerías, ni los poetas nuevos logran romper el hielo general. No debe ser esto signo de progreso, porque en Inglaterra y en los Estados Unidos no hay familia que no tenga su poeta favorito junto a la biblioteca del hogar.

Los poetas oficiales son como M. Rostand o como M. Sully Prudhomme... Ni unos ni otros llenan el vacío ideal. Los otros se van cada cual por su camino, mientras las sombras de Verlaine y Mallarmé desaparecen entre los cipreses obscuros de una hermosa leyenda. La canción se echa a la calle...

Prefiero oir el organillo, el «orgue de Barbarie»...