VII
udus.
O para decirlo en moderno, sport; o para decirlo en castizo, deporte. Yo, por mi parte, nunca diré deporte; primero, porque así dicen los puristas, y luego, porque esa palabra no quiere decir las fiestas de agilidad y los concursos de fuerzas, que, en nuestros días, dominan el aburrimiento de los desocupados del mundo.
Ludus es en latín, y esto puede ya hacer que me perdonen ciertos jueces que no me permito atender, sobre todo cuando voy a hablaros del sport francés, asunto agradable.
Hay aquí desde hace tiempo un despertamiento de afición a las cosas sportivas que tanto dan que hacer a los anglosajones, a punto que se creería que ellos son los inventores. El ejercicio es humano; la fuerza sorda es bárbara; la gracia en la fuerza es latina; la elegancia es latina. Por eso se ha necesitado descender en el concepto de la ornamentación personal hasta la chatura de nuestro tiempo, para que Pool sea el árbitro de la sastrería masculina, y que la elegancia tenga su papa en Londres. La elegancia es helénica y latina. Ella hace que el gladiador busque un bello gesto para la muerte, y que al toro del sacrificio se le pongan pámpanos y rosas en los cuernos. Ella hace que los aspectos de los centauros y lapitas en el mármol de las metopas se afirmen hermosos y decorosos.