But being awake, loide despise my dream,

se prepara medioevalmente para su coronación del año entrante—lo que no le impide seguir siendo rey de la moda y partidario del automovilismo.

Encuentro por las calles de Londres soldados vestidos de kaki, con la flamante medalla que acaba de colocarles en el pecho el rey Eduardo. Parece que su majestad cuida de llevar bien la corona como el «ocho reflejos». Así sea.

Interesante monarca el rey Eduardo. Se creía, antes de morir la reina Victoria, que al pueblo británico no sería simpático el reinado del célebre príncipe de Gales. Una vez éste en el trono—When thou dost oppear I am as I have been...—se ha visto que todo ha continuado de la misma manera. El rey, aclamado y querido, ha enterrado al ruidoso calavera de antaño. Él ha entrado en su papel, y puede decirse que es un digno soberano de su nación. Cada rey tiene el reino que merece. Guillermo II es estudiante y vive casi siempre en ópera wagneriana; Alfonsito XIII acaba de presentarse por primera vez en el coso madrileño y ha sido aclamado por la tauromaquia nacional; Inglaterra, «país tradicionalista y práctico en que la decoración de la vida social yustapone armoniosamente vestigios de arte gótico a construcciones de usina», está muy satisfecha con un rey que viste púrpura, armiño y oro, se coloca en la cabeza la corona de los viejos monarcas, ante su parlamento animado de fórmulas y ceremoniales, y luego, con un habano en la boca, se va en su automóvil, en menos de una hora, de Londres a Windsor; visita el yate que ha de disputar la copa a los yanquis, o se interesa por sus caballos Diamond Jubilee, Ambusch o Persimmon. Ese rey sportman es grato a su país de sportmen, es amable para los ciudadanos que gustan del tiro al blanco en Bisley, del remo en Henley, de las carreras en Ascot o en Epsom. El corpore sano de los universitarios, es una de las causas de la robustez, de la salud de la nación. Como algunos de nuestros repúblicos americanos, como algunos de nuestros directores de pueblos, el rey se interesa por las razas caballares, gusta de los ejercicios físicos, pero sabe su Shakespeare admirablemente, entiende de arte a maravilla, y puede consultar su Homero en griego y su Horacio en latín, como os lo certificarán sus compañeros de Oxford y de Cambridge.

No es Eduardo un príncipe guerrero. Llega ya tarde al trono y mal sentarían aires marciales y feroces al arbiter elegantiarum de los reyes y al rey de los gentlemen. El gran país de presa es odiado en la tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los recientes sucesos africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran Bretaña se presenta en esa misma Francia recelosa, será, como en Italia, acogido con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con sus hindús y su burrito. La reina Alejandra, por su parte, es digna del cariño de sus súbditos y del respeto de los extraños. ¿No es acaso la princesita que cosía modestamente en compañía de su hermana, una zarina futura, en días de escasa fortuna en Copenhague? ¿No es la culta doctora en música de la Universidad de Irlanda? Y sobre todo, ¿no posee un carácter sencillo y amable desde la altura en que acompaña a su marido y no sabe adornar de suave majestad la gracia encantadora de su belleza? En Sandringhan como en Marlborough Palace, ha sabido ser una ejemplar señora, y en la corte de su suegra una ejemplar princesa.


II