Hay instrumentos de música. Conocéis la anécdota del embajador chino, que creyó lo mejor de la ópera el momento en que la orquesta templaba sus violines. Y de mí diré que los músicos chinos que he oído en los teatros celestes de la Habana y otros lugares, no me han entusiasmado. Pero eso debe ser cuestión de costumbre y de iniciación... Porque si no, no podría haberle pasado lo que le pasó a Confucio. Este filósofo se conmovió una vez tanto con un trozo musical de su país, que no probó un bocado de carne por tres días seguidos. Y eso que la escala china se compone solamente de cinco notas; los instrumentos pueden ir en tonos desacordes; sus melodías van siempre al unísono, y otras tantas condiciones que a nuestros gustos no sientan bien. Aquí veo violines bicordes; la especie de órgano llamado cheng, un laúd de diez cuerdas; címbalos que acompañan en los templos las plegarias.

Y más perfiles y más jades, con decoraciones de leyenda y de pesadilla. Aquí está en jade el Ki-lin, cuerpo de ciervo, cola de zorro y cabeza de unicornio. Saludo la tumba de Confucio representada en miniatura, y admiro al pasar las porcelanas, ya antiquísimas, ya de fabricación no tan lejana en el tiempo. Se recuerdan versos de Gautier y de Hugo, y al emperador Houng-Li, bajo cuyo poder se descubrió el arte de esta exquisita alfarería, y al emperador Wac-Li, bajo cuyo poder se escribieron unos versos que deben ser muy hermosos, y en los cuales se nombra por primera vez la porcelana. Se miran piezas de todas formas y de varios colores, sobre todo un vaso de la dinastía Ming, cuya arquitectura y adornos son de la más exótica elegancia y gracia. Hay representados varios caballeros y emblemas budistas como el parasol, que significa el honor; dos peces, que significan la abundancia; el loto, que está dedicado a Buda, y otras tantas cosas más. Y una tacita preciosa, con los más brillantes colores; y varios pequeños vasos, con mariposas, con pájaros, con flores, de la más delicada pasta y del más admirable tono.

No acabaría en muchas páginas, si me detuviera a admirar tantas cosas que revelan en aquellas almas extrañas una comprensión y una observación de la vida y de la naturaleza, que no es propiamente para tratarlas de salvajes e irles a incendiar sus palacios y casas y a robarles sus tesoros y asesinarles sus niños. ¡Sus niños! He visto retratos, fotografías encantadoras de chinos chicos y de chinas adolescentes, bellas, bellísimas en su gracia singular de seres como venidos de otro astro, de seres misteriosos que tienen otras sensaciones y otro concepto de la vida que el que con nuestra civilización nos hemos hecho nosotros.

Tés y plantas odoríferas, sedas, ceras, esmaltes, metales, ricos trabajos por artistas de manos ágiles y como aéreas líneas que han trazado esos dedos sutiles y visto ojos como de pájaros; arquitecturas de cuento, paramentos de cuento, casas, cosas, ideas, manifestaciones de gentes de fábula, almas antiguas como el mundo, ¿no es más bien un lugar de paz y ensueño, esa China noble y poética que se ha ido a despertar a cañonazos?


III

ARTÍ rápido a Dunkerque. De Brujas, toda paz, toda quietud, espiritual y natural, a Dunkerque, en donde se colgaban todos sus escabeles los actores de la comedia patriótica, en una danza de naves, con música de cañones y Mariana recibía con su más amable sonrisa y hacía su mejor reverencia al dueño del Oso. Decir las durezas de mi viaje, las apreturas en las estaciones de ferrocarril, la falta de correspondencia de trenes, los roces horribles de las aglomeraciones, las difíciles comidas en los restaurants, la cama por ochenta francos en cuartos compartidos, lo fabuloso del tupe cocheril y otras cosas que deseo echar en olvido, sería historia amarga y larga, sin contar con la demanda de papeles por la policía a cada instante, y la imposibilidad de poder acercarse a mirar la faz de los autócratas cuando éstos pasaron por la ciudad de Jean Bart, veloces, como por un tubo de acero, empujados por un soplo. ¿Un soplo de miedo?...