No sé qué cara pondría el viejo fauno delante de ellas, como no sea la máscara satiríaca que solía expresar la alegría pánica y báquica. Mas entre todas, ¡qué impresión haría la presencia del triste y terrible poeta, triste de amor, terrible de dolor! Ninguna, supongo, fuera de la malsana curiosidad, o el superficial snobismo.

La nobleza femenina, en todas partes, se dedica hoy con preferencia al sport, se interesa mucho por el cuerpo, descuida bastante el espíritu. Este rumbo siguen las jóvenes «bien» de nuestras democracias y la adinerada burguesía universal.

La bicicleta ha juntado al príncipe con el hortera, la «Mors» une el chocolate con la flor de lis. Y entre todos los sports hay uno, nivelador también, en el divertimiento y en el flirt: la caridad... La fiesta de Trianón, como la del Bazar memorable, era una fiesta de caridad.

He querido, principalmente, en estas líneas hacer notar la cuestión del conflicto de las noblezas, la antigua y tradicional y la adquirida. El papel en que se coloca a las americanas ricas casadas con títulos, es poco envidiable.

Un alto desdén, justificado hasta cierto punto, e irremisible, se cierne sobre las cabezas recién ilustradas con la corona nobiliaria.

No borrará toda la catarata del Niágara pactolizada, la mancha nativa de Porcópolis, o de Oil City. En todas partes existe, en el gran cuerpo de la aristocracia, una aristocracia chica y cerrada, que no transige ni admite mescolanzas ni componendas. D'Hozier frunce el entrecejo ante los reyes del acero y los barones del dollar. Hay nobles arruinados que se ponen a precio, y nobles de manga ancha que contemporizan con las plutocracias exóticas; pero las tres docenas de familias que vienen de muy lejos en la historia, y que miran sobre el hombre a los titulados de Luis XIII acá son impenetrables en su mayoría. La messaliance es cosa rarísima. Para eso se fué a las cruzadas.


Reflexionen las niñas que en nuestras Américas incuben la lejana esperanza de entrocar en el árbol genealógico de uno de estos viejos nombres europeos. Es bonito, «viste mucho», como dicen en España, eso de oirse llamar Madame la Comtesse, Madame la Marquise, Madame la Princesse; pero desde el momento en que se sabe que ese tratamiento es para una «galería» especial, que el verdadero núcleo a que se aspira rechaza la solidaridad y se señala a cada momento la liga; que su paso levantará siempre un equívoco murmullo y provocará más de una afilada sonrisa; que la coburguisación, digamos así, o la adquisición de un marido, por lo general de escaso intelecto, de costumbres poco ejemplares y de salud casi siempre averiada, no valen la pena de sacrificar una juventud y una vida a la vanidad más improductiva, creo que no habrá una sola que prefiera a un dorado ridículo y a un flordelisado martirio, ser cabeza de ratón entre los suyos, en su casa, en su tierra, en su sociedad, en su patria.

Ahora, la nobleza del dinero, lo que hace resonar el globo con su metal desparramado, los principados del cheque, las baronías del casino, el armonial de hierro y caucho, los marquesados del jeckey, los cuarteles del yate eso es otra cosa.

Yo sé de un filósofo a quien admiro.