Una callejuela me hace caer de pronto en pleno mercado de cosas marinas, la Poissonnerie. En un instante pasan por mi mente figuras de Thwlow; versos de Richepin. Un olor salado flota en el aire. De las barcas que atracan al muelle sacan los cestos de mariscos; los azulados bonitos, anchas y sonrosadas rayas, plomizas anguilas, aranques como puñales, y el «cardenal de los mares» todavía sin su púrpura, y enormes cangrejos y erizadas centollas. Como salidos de un baño de rosas se miran los salmonetes, de rosas y madreperlas; lácteos, azulados y semitransparentes, los calamares; como pasados por laminador, los lenguados grises; y los gordos peces mayores, dejando entrever la flor escarlata de las agallas. Aquí de Simón Pedro, aquí de Tobías, aquí de las Mil Noches y una Noche y de Brillat Savarín. ¡Y los admirables tipos de gentes de mar! No hace falta sino saber dibujar, eroquer, tanta cara singular, tanto aspecto lleno de carácter: la anciana revendedora que asiste al remate, fuera del recinto propio del mercado; la joven más fresca que el pez recién sacado, y perfumada de mar también, atrayente con su rostro encendido, sus copiosos cabellos, su sonrisa; los viejos y duros pescadores, cabezas de pipa como hechos en madera; narices rojas, barbas en barboqueio o herradura; el bigote afeitado, las anchas manazas, las firmes patazas; quien con el arete de oro a la oreja, o la cachimba entre los dientes, y en la mirada una profundidad inmensa, esa profundidad serena e inmensa que comunica la frecuencia del Océano, el azul de los golfos, lo vasto del cielo, a los hombres que viven y trabajan sobre las olas, acostumbrados así a los cantos del alba, a la dulzura de las saladas brisas, como a las injurias de la espuma y las bofetadas de la tempestad.
El lugar de la venta del pescado no es muy extenso. Es una sólida galería de hierro, con puestos laterales, en donde las pescadoras exponen sus artículos ¿Es una obsesión, o es la asendereada ley del medio?
Parece que todas estas mujeres, las de edad como las mozas, tuviesen en su rostro algo de pescado; los ojos y las bocas, sobre todo, casi ictiomorfos... Una pescaderita de quince años, que ríe con finos dientes y tiene en su cabellera reflejos de algas, se me antoja que tiene algo de sirena. Guardo y paso.
Ante sus langostas, me detiene con su figura una robusta anciana, como sacada de no sé qué olvidado cuadro. Bajo el cucurucho blanco del gorro dos macizas arracadas de oro puro descienden hasta los hombros; un corpiño obscuro aprisiona auténticos y generosos testimonios de maternidad; una falda corta acampanada, deja ver las columnas de las piernas cubiertas por medias de lana; sobre los duros zuecos, dos bien construídas carabelas en que un Colón de Liliput podría ir a descubrir en Noche Buena no importa cuál América de nacimiento.
La venta es buena. Al día siguiente han de comenzar las fiestas. Así, pasan a mi lado haciendo sus compras varios burgueses de Dieppe; y, nota parisiense entre la concurrencia, blanca toda, fina, bella, una señorita que ha bajado de su carruaje, llega, acompañada del groom, compra un buen paquete de langostinos y se va, rápida como un pájaro.
El apetito, más que despierto, me hace dirigirme a un restaurant vecino, cerca de las arcadas del Café Suizo—aquí, como en todas partes del universo, hay un café Suizo.—Comida barata sabrosa, marisco fresco, ausencia de vino y presencia de sidra, rica sidra de ámbar o de topacio, pues en Normandía, como en el paraíso terrenal, triunfa la manzana. Mientras almuerzo, oigo de lejos cantar la draga en el canal, como un gran grillo de hierro.
El día comienza a ponerse opaco. Se hace recordar la vecindad de Inglaterra. Mientras en París se derriten los sesos de las gentes, aquí se siente un grato frescor. Después del café, me dirijo a la playa. Llega al desembarcadero un vapor de Newhaven. La niebla aumenta poco a poco. Casi ha invadido todo el mar, toda la costa. La tarde naciente se ahuma. Empieza a vocear, triste, insistente, la campana de la bruma, allá en el faro. La campana, en tiempo de niebla, hace las veces de la luz; es el faro del oído. Las olas llegan a la arena en actividad y encrespamiento que hacen resbalarse a la continua los guijarros; mas no es la soberbia acompasada que enarca las gruesas marejadas cuando se enoja el viento. El agua no carnerea, hierve, en la enorme extensión, sin rasgarse. De cuando en cuando una vela fantasma, una sombra de barca, se percibe en el tupido vapor flotante; a través del aire espeso llegan lejanos ruidos de sirenas y de esquilas. La humedad se insinúa en la piel, barba y cabellos. Se gusta la sal del ambiente.
El sol, que se asemejaba a luna una, o a un astro de pesadilla, no logra hacerse paso entre las espesas nubazones. Así se desliza el tiempo hasta la noche, en que se aclara un tanto el espacio. Las luces de los faros rielan sobre las aguas. Las aguas, más tranquilas, dan campo a la mirada que puede ya lanzarse al horizonte. Quietud.
Volvía yo de recorrer el bulevar marítimo, a eso de las diez, cuando una aglomeración de muchedumbre, un son de trompetas y un brillo de antorchas en la sombra de una calle me hicieron detener. ¿Qué capitulo de viejo libro estaba viendo? Ante el pueblo reunido, había dos heraldos, de armas y un regidor, montados en sendos caballos un pelotón de arcabuceros y otro de arqueros. Uno de los heraldos desenrolló un largo papel, y con una gran voz, dijo: