Llegan los trenes de París y Rouen repletos de gente. Los vecinos de Treport, Puy, Varengeville, aumentan la suma de visitantes. Se advierten tipos de la capital, mujercitas del bulevar, y no faltan cabezas del Barrio Latino y de Montmartre. No son los que menos se notan los ingleses. Hay bastantes bicicletas, y, bufando, se han hecho presentes dos o tres automóviles. Los marinos y pescadores no ponen buena cara al hipógrifo de caucho.

El cortejo, el gran cortejo histórico «Dieppe a través de los siglos», comenzará a desfilar dentro de poco.

El cortejo. Era primero el siglo xv, y venía a la cabeza dando al aire sus sones la fanfarra de la milicia burguesa. Son los tiempos en que los dieppenses, fatigados de la lucha con el inglés, acaban de volver a su independencia, por obra y empuje de Desmarest. Allí viene Desmarest tras el preboste de los comerciantes, los ballesteros casqueados y forrados en sus túnicas rojas, los regidores de negro, los trompeteros violeta, azul y encarnado, y los heraldos de armas con dalmáticas y cota. Es el bravo Desmarest o Des Mares, caudillo desde la adolescencia, y que luego, brazo poderoso, fué creciendo en empuje hasta sus acciones en Dieppe y Bures, y a quien después de rudo batallar y vencer, no pudo la muerte arrancar del mundo sino cuando en el descanso de su ancianidad, había llegado a ciento quince años.

Viene después Dieppe en el siglo siguiente en la época de su mayor auge. Este tiempo opulento se anuncia desde luego con oros y colores. Un grupo de niños llega con palmas doradas en las manos y sombreros de airosas plumas sobre las rosadas cabezas. Preceden a Descellier, el geógrafo que antes de Gerardo Mercator publicaba su planisferio que mejoraba los trazados ptoloméicos. Viene Descellier en el carro de la hidrografía enseñando a sus discípulos, pues, según las palabras de Asseline, a propósito de las cartas marinas, «le sieur Pierre des Cheliers, preste a Arques, a eu la gloire de'avoir ètè le premier qui en a fait en France. Aussi estoit-il un si habile géographe et astronôme qu'il fit une sphère plate, au milleu de laquelle en voioit un globe qui représentait toutes les parties du monde.» Vestido de negro pasa en su carro, que imita una bella boiserie que existe en el castillo de Gaillón; y tras él la música de los arcabuceros, negro y azul, jóvenes pajes, a la manera florentina, y precedidos de sus capitanes, el armador magnífico y fuerte Jean Angó, aquél que solo y con flota propia, declaró la guerra al rey de Portugal, sin que nada tuviese que ver en la empresa el gran rey Francisco. Angó es la figura más brillante de Dieppe. Por él la ciudad, antes de que las luchas de religión contribuyesen a su ruina, se levantó a una situación de riqueza y de poderío. Angó heredaba de su padre el espíritu. Como él, Angó se lanzó a empresas coloniales en la India y en América. De allá viniéronle riquezas en sus navíos, y con ellas llevó vida de príncipe, opulento, lujoso, y al mismo tiempo de pensar maduro y juicioso. Hizo aquí construir un palacio admirable. «La fachada, de madera de encina, había sido esculpida por los más hábiles artistas y representaba escenas de navegación, combates entre ingleses y normandos. Los cuadros y las estatuas de los más grandes maestros ornaban ese palacio, y le daban un aire de magnificencia incomparable. Desde sus ventanas Jean Angó tendía sus miradas sobre el puerto, sobre el mar y sobre el valle de Arques.» Francisco I le visitó, y la ciudad permitió al magnate que las fiestas fuesen pagadas con su peculio. El rey quedó maravillado de la fastuosidad de su anfitrión. Hubo lujo de vajilla italiana, en plata labrada, viandas exquisitas y vinos incomparables, arcos de triunfo, y, para paseo por el mar, barcas doradas que corrieron las aguas con buen tiempo y cielo propicio. Angó murió en la pobreza, y he recordado su grandeza de un tiempo ante la piedra tumbal que cubre sus viejos huesos, en la iglesia de Saint-Jacques.

Redoble de tambores. Acorazados de cuero y en la cabeza el casco, pasan los soldados de la milicia burguesa; los oficiales de a caballo van casqueados también, y brillan sus coseletes de hierro. Los gremios desfilan en seguida, los de la industria del hierro que llevan jubón azul; los de la cerveza, violeta, y los del marfil, en cuero de gamuza. Amarilla y negra la banda de la guardia real, lanza su música, y oro y negro y a la espalda un manto, los heraldos del rey. Sigue el gobernador Aymar de Charles, con su uniforme de caballero de Malta; el capitán de Vardes luce su jubón gris, y luego seis pajes azules en grandes caballos, antes del gran escudero que porta el real estandarte, anunciador del rey soberbio, cuya magnífica armadura relampaguea al sol. Allí va luego el «padre de la agricultura», el buen Sully, de negro, al que hacen fondo los suizos vestidos de verde. Es el tiempo en que Enrique IV ha venido a Dieppe antes de la batalla de Arques y de Ivry, en que hubo de salir triunfante del duque de Mayenne.

Tras el tiempo caballeresco y heroico, el siglo pomposo. Semejantes a otros tanto Aramises y Portos, los mosqueteros a caballo, gran chambergo emplumado, coraza y larga capa negra de terciopelo, desfilan seguidos del gobernador Montigny. El rey Sol es aún niño, y en una carroza de gala va en compañía de Ana de Austria, la de las bellas manos. La reina está representada por una graciosa moza que saluda linda y realmente. A caballo sigue el rojo Mazarino, y un grupo de cortesanos le acompaña. Llegan gentes de mar. Son los hombres de Duquesne. Allá, sobre una reducción de la Sainte André, el gran marino, el orgulloso calvinista que desecha por su fe el bastón de mariscal, está de pie. Angó era el fuerte armador del comercio; Duquesne es el hombre de la guerra. Es el combatiente de Suecia como vicealmirante de Cristina; es el reorganizador de la armada francesa y el jefe de la expedición de Nápoles; es el luchador feliz contra españoles, ingleses y holandeses; es el generoso vencedor de Ruyter, el bloqueador de Chio y el temor del Dux veneciano. Cuando Duquesne murió, el rey le negó una sepultura...

Tambores. A compás marchando van ocho tamborcitos, luego una banda militar y el pabellón. Dos ujieres de la ciudad se adelantan al maire y al cuerpo comunal; en todos los negros trajes lucen tan sólo las hebillas de plata de los zapatos. Y luego Balidar. ¿Quién es Balidar? Es el desconocido turbulento y terrible, el que impuso su nombre como una bandera de amenaza en la Mancha, el corsario de quien John Bull supo mucho, y que en Roscoff, cansado de pelear bajo el poder de Napoleón, puso a su casa balcón de plata maciza, y freía monedas de plata y oro para arrojárselas al populacho bien calientes. Cuando la independencia americana, Balidar fué a pedir carta de corsario, y no se supo más de él que su paso por las costas mejicanas. Ese fué Balidar. Así, pasa orgulloso entre sus hombres de mar; síguele un grupo de marinos veteranos; luego, la guardia consular y los trompetas vestidos de amaranto o blancos brandeburgos. En su caballo blanco cierra la marcha Napoleón, el Napoleón de largos cabellos del tiempo consular. Unos cuantos oficiales le acompañan; los húsares, de azules dormanes van tras él. Tal ve Dieppe pasar su pasado. Un pasado casi legendario, de empresas bravas y singulares conquistas, con princesas bellas, reyes gallardos, bizarros capitanes, corsarios temerarios, magníficos marinos. Y así inaugura el Dieppe de hoy su bulevar marítimo, que pone hacia las olas que vieron tantas proezas, un balcón extenso para los veraneantes que no, es por cierto, de plata, como el de Balidar.

«Al principio no había nada.» El mar cubría la mitad de la playa y la marea llegaba hasta el valle del Arques. Luego hubo un lento retiro, de siglos. Un día se creó la pelouse donde hoy se alzan los grandes hoteles de la calle Aguado. Creció allí hierba y pastaron rebaños. La ciudad prosperaba, comerciaba y entonces los ingleses, como siempre, aparecieron. Los échevins alzaron entonces fortificaciones, y tres grandes torres para polvorines. Luego vino la iniciación de los baños de mar en Dieppe. La sociedad parisiense comenzó a venir en «largas diligencias», y la moda se hizo. A comienzos de este siglo ya venía mucha gente cuando la duquesa de Berry afirmó la boga. Se construyó un teatro, se alzó un casino para los grandes señores de la Restauración. En 1836, el Estado vendió los terrenos en que antes había fortalezas. Se levantaron casas y se creó la calle Aguado, cuyo nombre tiene a causa del banquero español que intentó dotar a Dieppe de un ferrocarril, intentó, pero no lo realizó. La calle, sin embargo, lleva su nombre. Napoleón III quiso pasar su luna de miel en Dieppe. Eugenia quedó encantada del lugar. Gracias a ella se embelleció y prosperó en poco tiempo. Veinticinco años después la ciudad hizo fuertes gastos para el establecimiento de sus primeros casinos. Los terrenos de la playa centuplicaron su valor, y el Estado, interviniendo entonces, vendió a la ciudad la playa en 451.000 francos. En 1895 el alumbrado eléctrico fué introducido. Así continuó hermoseándose, hasta que se observó el daño que causaban a la plaza las invasiones del mar. La municipalidad dieppense resolvió la construcción del bulevar, una sólida muralla, flanqueada de rotondas provista de un parapeto con un ancho trottoir carrelé alumbrado con numerosos postes de luz eléctrica. Entre este bulevar y la calle Aguado se extiende la espaciosa plaza llena de césped. El bulevar tiene cerca de un kilómetro de largo, es un paseo excelente y fué construído por el ingeniero Herzog.