La prosa de M. de Heredia tiene mucho de marcialidad; cosa no extraña en el traductor de Bernal Díaz, y compulsador de tanta crónica y página de viejos soldados escritores. El épico penacho de crin aparece de cuando en cuando. Y la gallardía, la superbia lírica, no abandonará en todo el tiempo al adorador de Musagetes. Por esto no puedo menos que imaginarme una vaga sonrisa en ciertos colegas suyos que se sientan en el ilustre Instituto única y exclusivamente «por su valor personal». «¡Poeta, pensarán, poeta!» mientras los pensamientos heroicos y las cláusulas sonantes se van por el aire de la inmortalidad

Comme un vol de gerfaults hors de charniers nata.

Los méritos del marqués de Vogüé son, por otra parte, positivos, y su entrada a la Academia estaba prevista desde hacía tiempo. Además, era ya miembro del Instituto en su sección de Inscripciones y Bellas Letras. Los trabajos de ese noble son muchos y enormes. M de Heredia saluda admirado esas Iglesias de la Tierra Santa, Templo de Jerusalén, Siria Central, Inscripciones semíticas, que han colocado a su autor en un honorable puesto entre los modernos arqueólogos: «Vos habéis fijado las reglas sobre la paleografía fenicia y aramea, aclarado más de un punto de historia por las inscripciones y la numismática, establecido el carácter del arte fenicio, revelado el arte chipriota, explicado la representación religiosa y comercial de los hebreos y de los arameos en Siria, y arrojado una luz nueva sobre los palmirianos y los nabateos, esos dos pueblos que el comercio del Oriente hizo tan prósperos y que han desaparecido dejando dos maravillas: las ruinas de Thadmor y las de Petra. Cuando en 1868 fuiste elegido miembro libre de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, ya estábais considerado desde hacía largo tiempo como uno de los maestros de la arqueología oriental». Ya veis, pues, que en este caso las brillantes armas de Heredia rinden bien los honores, y esos honores son justos, puesto que se hacen a un aristócrata del estudio y de la sabiduría, antes, o al mismo tiempo que al descendiente de una docena de mariscales y una veintena de duros y «ferrados» barones, matizados de amatistas con varias abadesas y dignatarios episcopales.

La Academia une, después de todo, a los hombres de genio que alberga como a los mediocres de espíritu resplandecientes de apellidos, en una misma tarea, vaga y eterna: hacer el diccionario. Un diccionario que se está haciendo desde hace muchísimo tiempo y que, probablemente, no se acabará nunca. Sospecho que ese es el secreto de la «inmortalidad». Si algún poeta está en su puesto en tan misteriosa y dilatada tarea, es M. de Heredia, que tardó los años que se sabe en dar a luz sus famosos sonetos.

Ya hay, pues, dos de Vogüé en el ilustre recinto «bajo la Cúpula», como se dice por aquí. El vizconde Melchor guarda silencio desde hace algún tiempo. No hay que olvidar que se le deben libros resonantes y meritorios, y que es un gran admirador y celebrador del espíritu y de la solidaridad latinos. Él fué quien, oficialmente, digamos así, presentó la obra de Gabriel D'Annunzio a los franceses.

El marqués, una vez en posesión de su silla, podrá hacer notar a su pariente que falta otro Vogüé todavía en el Instituto, para que quede completo el número de los reyes magos tradicionales.