El fondo religioso y consolador es tanto más de admirar, cuanto que viene de un trabajador vigoroso de ideas y de sensaciones, de un hombre nutrido de ciencia, y de un criterio no por cierto empapado en aguas de azúcar sentimentales. No es una pluma afeminada y dulce la que ha escrito cerca de veinte volúmenes, todos masculinos y combativos, o nutridos de ideas medulares o reveladores de músculo y garra, como L’Astre Noir, Les Morticoles, Le Kamtchatka o Le Voyage de Shakespeare.

Y no es sino harto conocida su potencia de pugil en los encuentros periodísticos y entre las apacherías de la política. Su libro reciente es un libro de bien. Más de un enfermo de la voluntad encontrará alivio y tal vez curación en esas páginas saludables.

EL BRASIL INTELECTUAL

LGUNA vez he hablado de mis impresiones respecto a la intelectualidad de la República del Brasil. Nunca olvidaré mis días de Río Janeiro, donde tuve ocasión de conocer un núcleo de escritores y poetas que despertaron en mí una cordial simpatía y una alta estimación mental. El gran Machado de Asís, en su vivaz y alerta vejez, respetado y querido por todos como glorioso patriarca de la patria literatura; José Verissimo, el maestro cuya crítica es admirada y señalada entre las labores de valor superior; un perito de ideas que en cualquier centro europeo estaría en puesto de autoridad considerable; Graça Aranha, el novelista que ha adquirido por potencia y riqueza ideal y por verbo admirable una de las más puras glorias en las letras portuguesas en general, y que, según opiniones como la del célebre conde Prozor, ha escrito la mejor novela de estos últimos tiempos, su Canaan, cuya versión castellana es obra de Roberto Payró; Olavo Bilac, el poeta, uno de nuestros más gentiles poetas latinos, cuya prosa es de los más elevados quilates y cuyo don oratorio cautivó a los que oyeron su musical y fecunda palabra en la Argentina, y tantos otros que forman en la capital fluminense una agrupación de activos y productores cerebros que son la mejor corona de su patria, cuya tradición de cultura, que viene desde los primeros tiempos imperiales, ha formado, al lado de la preeminencia social, una aristocracia de la inteligencia, que en su cohesión y en su intensidad de producción—a pesar de las propias quejas—lleva la primacía en todo el continente.

En el elemento joven pude apreciar más de un vigoroso y lozano talento. Entre ellos llamó mi atención Elysio de Carvalho, de quien conocía las primeras obras y el plausible entusiasmo y la pasión artística siempre sincera.