Sobre el marco del espejo hay pintada una fantasía marina. En la mesa libros de poetas, en cuyas páginas dicen las sendas dedicatorias los más admirativos conceptos. Y he aquí al dueño de casa. Viste el traje en que recorre a pie todos estos contornos. Terciopelo castaño, polainas de cuero, zapatos sólidos. La melena de antaño está un tanto recortada. El rostro es dulce, la mirada del más bello oriente, el gesto acogedor, la voz con blandura e inflexiones de bondad. Ya ha hablado fraternalmente; ya no nos deja partir sin que almorcemos con él; ya habla de América como de un país de encanto, y aunque confunde a Buenos Aires con el Brasil, a pesar de los periplos paternales, no importa. Este gran despertador de valores del verbo es un sencillo. Este «raro» es un familiar. Suele inclinarse de tanto en tanto cuando habla, habituado como está a portar su carga de pensamiento. Una formidable conciencia de su valer le aisla indiferente a los vanos esfuerzos de los adoradores del momento.

Su espíritu ha descifrado lo hondo de la inscripción del Templo délfico. Y al oído le han repetido: Platón, lo Bello es el esplendor de lo Verdadero; Platino, lo Bello es la idea de lo Verdadero; Gœthe, hay diosas augustas que reinan en la soledad; alrededor de ellas no hay ni lugar ni tiempo; se turban cuando se habla de ellas. La Bruyère, aquel que no considera al escribir sino el gusto de su siglo, piensa más en su persona que en sus escritos; hay siempre que tender a la perfección, y entonces, esta justicia, que nos es a veces negada por nuestros contemporáneos, la posteridad sabe otorgárnosla.—Con tales ensalmos bien aprendidos se abren innumerables sésamos invisibles.

El meridional que ha cantado tan bellamente a la sonora Marsella, ha extraído de los silencios de Bretaña ricos diamantes de concentración. Asombra la joyería metafórica y el prodigio de combinaciones ideícas; es el dominio del iris y la sujeción de todas las gamas; y el volcar de la aladínica mina íntima un inacabable tesoro.

Emperador de las Imágenes, rey de las Analogías, es para mí un gran placer la comunicación fraternal con tal creador de nuevas existencias y conceptos, y mirar, por el don amistoso, como la del argentino Lugones, como la del griego Moreas, transparente su alma. Tales tratos inmunizan contra la mirada de los basiliscos y las ponzoñas de los escorpiones.

Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé,

dijo un lírico de sufrimiento. Saint-Pol-Roux ha logrado ambas cosas.

Se presentó, toda ella un bouquet de gracia, Mme. Saint-Pol-Roux. Es parisiense de París, y a pesar de sus largos años de Bretaña hay en su acento un grato acento montmartrés. Nos sentamos a la mesa. Y aparecen también Cœcilien, tan celebrado por su prosa gallarda como por buen nadador y mozo de corazón, y Loredán, en la flor de los catorce años, y Divine, la diminuta y gentil madrina de la antigua chaumière de Roscanvel. Y así todo, desde el pescado hasta el champaña entablamos la más sabrosa de las charlas. Descubro a Ricardo Rojas, ojos de fauno, cuando al decir sus años aplaudimos tanta juventud. Y nos vamos luego, con un gran cariño y una admiración grande, frescos aun los labios de la espuma del montebello.

Y ya de vuelta, al descender las colinas en la tarde de ámbar, pienso en la obra vasta de ese solitario que ha huído de la ciudad dorada y martirizadora, y que va descendiendo su existencia apoyado en su bastón de cordura. El fué con los del alba simbolista, de los que comenzaron a practicar la libertad mental sin dejar por eso de amar a sus maestros «como a dioses», siendo los dos maestros, el uno un pobre profesor de inglés, el otro un bohemio desventurado, ebrio de alcoholes y de dolores. Es el poeta de sus Anciennetés, en que canta en «el tiempo abstracto de lo solo» el orgullo humano hecho una llama, a su manera, la arcilla ideal de Hugo, de la reina primitiva, de la «rosa maligna»; la vuelta de Odises; el chivo emisario en el mundo judío, la divina Magdalena,

La femme au cœur plus grand qu’un lever de soleil

Lázaro y el Gólgota, en versos que hubieran sido de un Leconte de L’Isle flexible y trascendente.