El buen sentido no es la cordura y no es la razón. Es un poco de lo uno y un poco de lo otro, con un matiz de egoísmo. Cervantes lo pone a caballo sobre la ignorancia, y al mismo tiempo, acabando su irrisión profunda, da por caballería al heroísmo la fatiga. Así muestra, en uno después del otro, el uno con el otro, los dos perfiles del hombre y las parodias, sin más piedad para lo sublime que para lo grotesco. El hipógrifo llega a ser Rocinante. Detrás del personaje ecuestre, Cervantes crea y pone en marcha el personaje asnal. Entusiasmo entra en campaña. Ironía sigue al paso. Los altos hechos de Don Quijote, sus espolazos, su gran lanza enderezada, son juzgados por el asno; perito en molinos. La invención de Cervantes es magistral, hasta el punto que hay entre el hombre tipo y el cuadrúpedo complemento, adherencia estatuaria, el razonador como el aventurero hace un solo cuerpo con la bestia, que le es propia, y no se puede desmontar ni a Don Quijote ni a Sancho Panza.»
El asno de Sancho es silencioso y paciente, el asno de Sileno de Plauto está dotado del don de la palabra, como el de Balaan, como el que dialoga en Turmeda, como el que habla largamente al filósofo Kant en el poema de Víctor Hugo. El asno ha tenido insignes cantores desde Grecia y Roma, hasta Daniel Heinsius, hasta Hugo, hasta nuestro buen Lugones. Cierto es que, el dulce animal de las largas orejas, además de conducir a Sancho y a Sileno, sirvió de caballería triunfal al Señor de Amor en su entrada a Jerusalén.
UN RECUERDO A CASTELAR
ACE poco tiempo, el señor don Adolfo Calzado, publicó un volumen que contiene muchas cartas de Castelar, dirigidas a él—desde el año de 1868 hasta el 98—, y otras escritas a Castelar por Víctor Hugo, Renán, Dumas, Duque de la Victoria, Mazzini, Thiers, Garibaldi y otros famosos y gloriosos hombres de diferentes naciones.
El señor Calzado fué el amigo más íntimo de Castelar, y quien, sin alardes de humillante mecenismo, ayudó pecuniariamente al gran orador, en ocasiones en que éste necesitaba de su apoyo. Calzado, rico banquero muy conocido en París, y al propio tiempo persona de superior cultura, ha escogido, entre las muchas cartas que recibiera, las principales.