Este escritor y este periodista, ambos en el mejor sentido de la palabra, es, como lo he dicho en otra ocasión y en este nuestro querido Fígaro habanero, un romántico modernizado. A pesar del continuo contacto con esta inquietante ultracivilización, conserva viejas virtudes castizas, que Dios le guarde siempre. Cree en la nobleza, en el carácter, en la amistad, en el honor, en la cortesía. Y aunque ya todo eso casi no está de moda, él lo sabe lucir de manera envidiable. Y es que este dandy, que hubiera sido amigo de Barbey d’Aurevilly, tiene también el dandismo «por dentro».
CATULLE MENDÈS
UANDO comencé a dar a mis ansias artísticas, hace ya cerca de veinticinco años, los nuevos rumbos que habían de traerme en América y en España tantos amigos y enemigos—«todo buena cosecha»,—uno de mis maestros, uno de mis guías intelectuales, después del gran Hugo—el pobre Verlaine vino después—fué el poeta que de modo tan horrible ha muerto, tras de vivir tan hermosamente: Catulle Mendès. Su influencia principal fué en la prosa de algunos cuentos de Azul; y en otros muchos artículos no coleccionados y que aparecieron en diarios y revistas de Centro América y de Chile, puede notarse la tendencia a la manera mendeciana, del Mendès cuentista de cuentos encantadores e innumerables, galante, finamente libertino, preciosamente erótico. Mi admiración se exteriorizó en un soneto:
Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;
Puede regir la lanza, la rienda del corcel;
Sus músculos de atleta soportan la armadura...
Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.
Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,
La carne femenina prefiere su pincel;
Y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura
Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.