A Juan virgen y a Pablo militar y violento,

a Juan que nunca supo del supremo contacto,

a Pablo el tempestuoso que halló a Cristo en el viento,

y a Juan ante quien Hugo se queda estupefacto.

Entre la catedral y las ruinas paganas

vuelas, ¡oh, Psiquis, oh, alma mía!

—Como decía

aquel celeste Edgardo,

que entró en el paraíso entre un son de campanas

y un perfume de nardo,—