el relámpago nuestro mirar,

y el ritmo que en el pecho

nuestro corazón mueve,

es un ritmo de onda de mar,

o un caer de copo de nieve,

o el del cantar

del ruiseñor,

que dura lo que dura el perfumar

de su hermana la flor.

¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!