en la muerte de su madre.

Es Grecia, es Roma. Clámides

y togas. Es el tiempo maravilloso. Es

el Partenón, el templo de Apolo, las Pirámides,

las glorias hechas ruinas que volverán después.

Es el águila enorme que levanta su vuelo

bañada en la luz sacra de vasta poesía.

Y con todo, la herida de su materno duelo

hace exclamar a César inundado de cielo:

—¡Oh madre! ¡Oh madre! ¡Oh madre! ¡Oh dice madre mía!