Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela,
parte, corre, salta, sin retardo vuela,
mas el caballero, temblando, se inclina:
ve sobre la senda forma blanquecina
que los brazos tiende, marchando sin ruido.
—¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido!
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
—¡Déjame, fantasma siempre aborrecida!
Voy a desposarme con mi prometida.
—Oh, mi amado esposo, la tumba perenne
será nuestro lecho de bodas solemne.
¡He muerto!—dice ella, y él, desesperado,
de amor y de angustia cae muerto a su lado.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó por fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad.
Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes, Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle con palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas, impalpables vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico de un templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque cercano, un grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar al recién llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido, camino del país de las pagodas, de los lotos y de los elefantes.