Si Gorres escribiese hoy su «Mística diabólica», no pintaría al Enemigo, «alto, negro, con voz inarticulada, cascada, pero sonora y terrible... cabellos erizados, barba de chivo...» antes bien: buen mozo, elegante, perfumado con aromas exóticos, piel de seda y rosa, bebedor de ajenjo, sportman, y, si literato, poeta decadente. Este es el de Theodore Hannon, el que le hace rimar preciosidades infernales y cultivar sus flores de fiebre, esas flores luciferinas que tienen el atractivo de un aroma divino que diera la eterna muerte.

Hannon pagó tributo a la chinofilia y tejió sedosos encajes rimados en alabanza del Imperio Celeste y del Japón... Allá le llevó el amor acre y nuevo de la mujer amarilla y el opio sublime y poderoso, según la expresión de Quincey. También, como al autor de las «Flores del Mal», le persigue el spleen. Luego, lanza en esas horas cansadas y plúmbeas, su desdén al amor ideal. Rompe los moldes en que su poesía pudiese formar este o aquel verso de oro en honor de la pasión espiritual y pura; fleta un barco para Cíteres, y arroja al paso ramos de rosas a las mujeres de Lesbos. La vendedora de amor será glorificada por él y corre hacia el abismo de las delicias en una especie de fatal e ineludible demencia. Va como si le hubiese aguijoneado los riñones una abeja del jardín de Petronio.

Héle allí bajando a la bodega de los abuelos, a buscar el buen vino viejo que le pondrá sol y sangre en las venas; o en el tren expreso que va a llevarle a saborear los labios deseados; o admirando en una íntima noche de Diciembre, la estatua viviente de las voluptuosidades felinas. De pronto un efecto de luna en un mar de duelo, en un fondo negro de tinieblas. El «odor di femmina» se encuentra en una serie de versos, como esos perfumes concentrados en los «sachets» de las damas. A veces creyérase en una vuelta a la naturaleza, a las frescas primaveras, pues brilla sobre la harmonía de una estrofa, la sonrisa de Mayo. Es una nueva forma de la tentación, y si oís el canto de un mirlo será una invitación picaresca. Como su maestro de una malabaresa, Hannon se prenda de una funámbula, para la cual decora un interior a su capricho, y a la que ofrece la sonata más amorosamente extravagante del harpa loca de sus nervios. Todo, para este sensual, es color, sonido, perfume; línea, materia. Baudelaire hubiera sonreído al leer este terceto:

Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette
de ma pâle Beauté font une cassolette
vivante sur laquelle errent mes sens rôdeurs.

Si hay celos son celos del mar, que envuelve en un beso inmenso el cuerpo amado. He visto cuadros, muchos, que representan sugerentes escenas de baños de mar; pero ningún pintor ha llegado, a mi juicio, a donde este maldito belga que hasta en el agua inmensa y azul vierte filtros amatorios, como un brujo. En ocasiones es banal, emplea símiles prosaicos, como ferroviarios y geográficos. Pero cuando canta las medias, esas cosas prosaicas, os juro que no hay nada más original que esa poesía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de seda e hilos de Escocia, danza la musa Serpentina uno de sus pasos más prodigiosos. Cuando llega Mayo, madrigaliza el poeta tristemente. No es raro: «Omnia animal post...» etc.

A Louise Abbema dedica una linda copia rítmica de su cuadro «Lilas blancas»; ¡suave descanso! Pero es para, en seguida, abortar una estúpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon ha querido imitar ciertos versos de Baudelaire? Baudelaire era profunda y dolorosamente católico, y si escribió algunas de sus poesías «pour épater les bourgeois», no osó nunca a Dios. Pasa Theodore Hannon con sus bebedoras de fósforo: esas son las musas y las mujeres que le llevan la alegría de sus rimas; dedica ciertos limones a Cheret, y el pintor de los joviales «affiches» gustará de esas limonadas; quema lo que él llama «incienso femenino», en una copa de Venus con carbones del Infierno; pinta mares de espumosas ondas lesbianas y celebra a su amada de figura andrógina; es bohemio y errabundo, soñador y noctámbulo; prefiere las flores artificiales a las flores de la primavera; labra joyas, verdaderas joyas poéticas, para modistas y perdularias; dice sus desengaños prematuros; nos describe a Jane, una diablesa; nos lleva a un taller de pintor en donde un pobre viejo modelo sufre su martirio; los «Sonetos sinceros» son tres canciones del amor moderno, llenas de rosas y de besos, y sus iconos bizantinos son obras maestras de «degeneración.» Tomando por modelo las letanías infernales de Baudelaire, escribe las del Ajenjo, que a decir verdad, le resultaron más que medianas. Su histerismo estalla al cantar la Histeria; su «Mer enrhumée» es una extravagancia. Canta a unos ojos negros y diabólicos que le queman el alma; canta el pecado. Nos presenta un cuadro de «toilette» que es adorable de arte y abominable de vicio; en sus versos se sienten todos los perfumes, y se miran todos los afeites y menjurjes de un tocador femenino, desde el coldcream diáfano, la leche de Iris, la Crema Ninon, el blanco Emperatriz, el polvo divino, el polvo vegetal, hasta la azurina, el carmín, Ixor, new-mownhay, frangipane, steplanotis... ¡qué sé yo! todo en los más cristalinos, diamantinos, tallados, cincelados, admirables frascos. ¡Raro poeta este Theodore Hannon!