El cómo se burla de la belleza,—como de Psiquis, por odio a Dios,—lo veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños poemas:
«...El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre la curva que describe un perro que corre tras de su amo...» «El vautour des agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de moléculas que su organismo se asimila... El escarabajo, «bello como el temblor de las manos en el alcoholismo...»
El adolescente, «bello como la retractibilidad de las garras de las aves de rapiña», o aun «como la poca seguridad de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior», o, todavía, «como esa trampa perpetua para ratones, «toujours retendu par l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment, et fonctionner même caché sous la paille», y sobre todo, bello «como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas...»
En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es de un «humor» hiriente y abominable.
¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el lector el que Baudelaire le dedica en las «Flores del Mal», al lado de esta despedida: «Adieu vieillard, et pense a moi, si tu m’as lu. Toi, jeune homme, ne te désespere point; car tu as un ami dans le vampire, malgré ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit la gale, tu auras deux amis.»
El no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.
El Bajísimo le poseyó, penetrando en su sér por la tristeza. Se dejó caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son aquellos que hacen pensar en las creaciones del Diablo; el sapo, el buho, la víbora, la araña. La desesperación es el vino que le embriaga. La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico, entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera trascendencia: «Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden en las familias... ¡ay! ¡ay...! grita la bella mujer desnuda: los hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me desprecien.»
Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta es la «inconsciencia» profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy cierto de haber realizado el hallazgo.»
El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De la vida de su autor nada se sabe. Los «modernos» grandes artistas de la lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico, raro, inencontrable.