Yo admiro profundamente a M. Paul Adam. Noble por familia y origen, se ha consagrado a una tarea de solidaridad humana cuyos frutos se vierten para los de abajo. Dueño de una voluntad, propietario de un carácter, fecundo de ideas, pletórico de conocimientos, archimillonario de palabras, ha desdeñado la parada de un Barrés, que le hubiera conducido a una diputación, ha rechazado los flonflones de la literatura fácil, la «gloriole» de los éxitos azucarados; ha podado su antiguo estilo de ramas superfluas; ha puesto su cuño de pensamientos circulantes en pleno sol, en plena claridad; se ha ido a vivir fuera de París, para trabajar mejor; y diciendo la verdad, clamando al porvenir, recorriendo lo pasado, estudiando lo presente, sacudiendo la historia, escarbando naciones, da, periódicamente, su ración de bien para quien sepa aprovecharla.
No haya vacilación en creer que éstos son pocos. Para los de abajo la elevación mental, la frase simplificada y amacizada de M. Paul Adam no es fácilmente accesible; para los puros ideólogos, este organizador, este lógico, este filósofo de combate, no inspira completa confianza. Por otra parte, la media intelectualidad halla la selva demasiado tupida, y la pereza es enemiga del hacha, encuentra el mar muy peligroso, y cree más agradable fumar, sentada en una piedra de la orilla, por donde los ensueños pasan y se cogen con la mano.
Hablando recientemente con el poeta Moreas, cuyos olímpicos juicios son conocidos y sonreídos, preguntéle, su opinión sobre su antiguo colaborador y amigo. Con las condiciones que él suele establecer, el amable descontentadizo me concedió: «Mais il est tres fort, tout de même!» Sabido es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los que en un tiempo ya lejano se llamaron simbolistas y decadentes, y que escribió en unión de Moreas «Les demoiselles Goubert» y «Le thé chez Miranda», con un estilo ultra exquisito, jeroglífico casi y quintaesenciado, obras en que se llevaba al extremo un propósito intelectual, para dejar mejor asentadas las doctrinas entonces flamantes que producirían en lo futuro muchos fracasados, pero algunos nombres que ilustran la prosa y la poesía francesas contemporáneas, y que, recorriendo el mundo, causarían en todos los países y lenguas civilizados, movimientos provechosos. ¿Quién reconocería al pintor extraño de aquellas decoraciones y al tejedor de aquellas sutiles telas de araña, en el musculoso manejador de mazas dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y trabajador triptolémico de ahora?
Amontona en la balanza del pensamiento francés, libro sobre libro, y ya su obra pesa como la carga de cien graneros. Esta transformación la ha operado la voluntad guiadora de la labor; la labor ordenada que lleva su propósito, y la conciencia que hace cumplir con la tarea que se creó una obligación, una obligación para con su propia personalidad, que se difunde en el bien de su patria, la Francia, y por lo tanto en favor de toda la estirpe humana.
Desde «Soi», hasta sus novelas de alta psicología histórica, una obra enorme atestigua la potencia de ese singular entendimiento. Sus reconstrucciones bizantinas son de un encanto dominador, y junto a lo concreto de la época, brilla el lujo de un tesoro verbal único, de un decir que no admite complementos, total. Batallista, arregla, táctico del estilo, sus escenas y su decoración, con una magistralidad soberbia y matemática. Y, conciso en lo abundoso, rico de perspectivas, de líneas y colores, con dos o tres pincelazos planta su cuadro a la vista, neto, definitivo. En sus estudios del alma de las muchedumbres, como en sus análisis de tipos psíquicos, su fino espíritu ahonda y aclara, en súbitos golpes de luz, los más hondos recodos. Y jamás el soplo nórdico, la cosa germana, o la cosa escandinava, o la cosa rusa, le han perturbado o fascinado en su camino. M. Paul Adam permanece francés, nada más que francés, y lleno del soplo de su época, cumple con su deber actual, pone su contingente en la labor de ahora, y hace lo que puede por ver si no es imposible la regeneración, la consecución de un ideal de grandeza futura, humano, seguro y positivo.
No creáis que porque su amor a la justicia y su pasión de belleza y de verdad le conduzcan a la exaltación de las ocultas fuerzas populares, haya en él ni un solo momento, un adulador de muchedumbres, ni un político de oportunidades, ni un cantor de marsellesas y carmañolas. Moralmente, es un aristócrata, y no confundirá jamás su alma superior, en el mismo rango o en la misma oleada que la de los rebaños pseudosocialistas. El obra en pro de los trabajadores; lleva su utopia por el sendero en que se suele encontrar el casi imposible sueño de la supresión de la miseria y del desaparecimiento de los ejércitos guerreros. Un crítico sutil y penetrante, M. Camille Mauclair, concentra en estas palabras la sociología de M. Paul Adam:
«Para él no hay más que un asunto en los libros y en la vida: la lucha de la fuerza y del espíritu. El opone la fuerza creadora a la destrucción, la fecundidad activa al nihilismo de la guerra, el internacionalismo al «chauvinismo», los conflictos de clases a los conflictos de naciones, el intelectualismo al militarismo, Lucifer y Prometeo a Júpiter y a Jehová, dioses de la fuerza brutal.»
M. Paul Adam es un intelectual, en el único sentido que debía tener esta palabra. El pone en el intelecto la fuente del perfeccionamiento, y da a la idea su valor de multiplicación vital, y de repartidora de bienes en la muchedumbre humana.
Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siempre, quisiese un día ir a la acción política, a la lucha directa, sería un gran conductor de pueblos; pero me temo mucho que tuviese la suerte de un héroe ibseniano. En las muchedumbres no tienen éxito los cerebrales; el sentimentalismo priva en seres casi instintivos. El pueblo oye y entiende con mayor placer y facilidad las tiradas tricolores de un Coppée, que las altas palabras de quien se desinteresa de las bajas aventuras presentes, y desea formar caracteres, hacer vibrar noblemente las conciencias y asentar y rehacer y solidificar la patria.
Una de las fases más simpáticas y sobresalientes de M. Paul Adam, es su faz de periodista. El «Triomphe des mediocres» es una obra maestra en su género. Sin la escandalosa escatología pátmica de León Bloy, sin las farsas, o compadrerías de un Drumont, o de un Rochefort, ha blandido las más bien templadas ideas, ha herido mucho y bien en esas carnes sociales, ha flagelado costumbres, se ha burlado duramente de los carnavales políticos, de las paradas monarquistas, de la caridad falsa, de la ciencia abotonada y de palmarés; ha denunciado a inicuos, a sinvergüenzas y mercaderes de patriotismo, falsos socialistas, aristocráticas fantochesas, cepilladores de moral y remendones de la virginidad literaria.