Entre los parnasianos, si no cita a todos los clientes de Lemerre, que con el oro de la rima le repletaran su caja de editor millonario, señala al soberbio Theo, que va a su celda, agitando la cabellera absalónica y junto con él Banville, el mejor tocador de lira de los anfiones de Francia. ¿Y Mendés?

On y rencontre aussi Mendés
A qui nul rythme ne resiste,
Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades.

También se encuentra allí Mendés, entre los degenerados, a causa de sus versos diamantinos y de sus floridas priapeas. Y al paso de los estetas y decadentes, lleva la insignia de capitán de los primeros Oscar Wilde. Sí, Dorian Gray es loco rematado, y allá va Dorian Gray a su celda. No puede escribirse con la masa cerebral completamente sana el libro «Intentions...» Y lo que son los decadentes,—¡Nordau como todos los que de ello tratan, desbarra en la clasificación!—van representados por Villiers de L’Isle-Adam, el hermano menor de Poe, por el católico Barbey d’Aurevilly... por el turanio Richepin; por Huyssmans, en fin, lleno de músculos y de fuerzas de estilo, que personificara en Des Esseintes el tipo finisecular del cerebral y del quintesenciado, del manojo de vivos nervios que vive enfermo por obra de la prosa de su tiempo. Si sois partidarios de Ibsen, sabed que el autor de «Hedda Gabler» está declarado imbécil. No citaré más nombres de la larga lista.

Después de la diagnosis, la prognosis; después de la prognosis, la terapia. Dada la enfermedad, el proceso de ella; luego la manera de curarla. La primera indicación terapéutica es el alejamiento de aquellas ideas que son causa de la enfermedad. Para los que piensan hondamente en el misterio de la vida, para los que se entregan a toda especulación que tenga por objeto lo desconocido, «no pensar en ello.» Cuando Ayarragaray entre nosotros señala el campo, la quietud, el retiro, «Cantaclaro» protesta. Nordau pasando sobre el hegelianismo y el idealismo trascendental de Ficht en persecución del «egoísmo morboso», explica etiológicamente la degeneración como un resultado de la debilidad de los centros de percepción o de los nervios sensitivos; cuando trata de la curación debe permitir que sus lectores abran la boca en forma de O. Receta: prohibición de la lectura de ciertos libros, y, respecto a los escritores «peligrosos», que se les aleje de los centros sociales, ni más ni menos como a los lazarinos y coléricos. Y «¡horresco referens!» que de no tomar tal medida, se les trate exactamente como a los perros hidrófobos. Este seráfico sabio trae a la memoria al autor de la «Modesta proposición para impedir que los niños pobres sean una carga para sus padres y su país, y medio de hacerles útiles para el público.» Ya se sabe cuál era ese medio que Swift proponía «with the tread and gaiety of an ogre», que dice Thackeray: comerse a los chicos. Mas cuando Max Nordau habla del arte con el mismo tono con que hablaría de la fiebre amarilla o del tifus; cuando habla de los artistas y de los poetas como de «casos», y aplica la thanathoterapia, quien le sonríe fraternalmente es el perilustre Dr. Tribulat Bonhomet, «profesor de diagnosis», que gozaba voluptuosamente apretándoles el pescuezo a los cisnes de los estanques. El, antes de la indicación del autor de «Entartung» había hecho la célebre «Moción respecto a la utilización de los terremotos.» El odiaba científicamente a «ciertas gentes toleradas en nuestros grandes centros, a título de artistas», «esos viles alineadores de palabras, que son una peste para el cuerpo social.» «Es preciso matarlos horriblemente», decía. Y para ello proponía que se construyese en lugares donde fuesen frecuentes los temblores de tierra, grandes edificios de techos de granito; y «allí invitaremos para que se establezca a toda la inspirada «ribambelle de ces pretendus Reveurs», que Platón quería, indulgentemente, coronar de rosas y arrojarlos de su República.» Ya instalados los poetas, los «soñadores», un terremoto vendría y el efecto sería el que caracterizaba Bonhomet con esta inquietante onomatopeya:

¡¡¡Krrraaaak!!!

Pero el viejo Tribulat no era tan cruel, pues ofrecía dar a sus condenados a aplastamiento, horizontes bellos, aires suaves, músicas armoniosas. Por tanto, yo, que adoro al amable coro de las musas, y el azul de los sueños, preferiría, antes que ponerme en manos de Max Nordau, ir a casa del médico de Clara Lenoir, quien me enviaría al edificio de granito, en donde esperaría la hora de morir saludando a la primavera y al amor, cantando las rosas y las liras y besando en sus rojos labios a Cloe, Galatea o Cidalisa!