Después de su «Catilina», simple ensayo juvenil, el autor dramático surge. La antigua patria renace en «La Castellana de Ostroett»; los que conocéis la obra ibseniana, oiréis siempre el grito final de Dame Ingegerd, agonizante: «¿Lo que yo quiero? Un ataúd, un ataúd cerca del de mi hijo.» Después «Los Guerreros de Helgeland» esa rara obra de visionario. Recordad:

«Hjordis.—El lobo, allí está, ¿lo ves? allí. No me deja nunca; me tiene clavados sus ojos rojos, incandescentes. ¡Ah, Sigurd, es un presagio! Tres veces se me ha aparecido, y seguramente eso quiere decir que moriré esta noche.

Sigurd.—¡Hjordis! ¡Hjordis!

Hjordis.—Acaba de desaparecer allá, en el suelo. Ahora, ya lo sé.

Sigurd.—¡Oh, Hjordis, ven, estás enfermo! Volvamos a casa.

Hjordis.—No: esperaré aquí. Tengo muy poco tiempo de vida.

Sigurd.—¿Pero qué tienes?

Hjordis.—¿Qué tengo? No sé. Pero ya lo ves, tú has dicho la verdad hoy. Gunuar y Daquy están allí, entre nosotros. Dejémosles. Dejemos esta vida; así podemos vivir juntos.

Sigurd.—¿Podemos? ¿Tú lo crees?

Hjordis.—Desde el día en que has tomado otra mujer, yo estoy sin patria en este mundo», etc.