Lo pagano de Miss Isadora viene también de los pintores del Renacimiento. Ella ha ido a Grecia, pasando por Italia. Botticelli la habría retratado, y el poeta Lorenzo el Magnífico le habría dedicado una de sus canzone a ballo, por ser su danza una consolatio grossisima, como diría el viejo Antoine Arène.

Mas, entendámonos: la palabra danza no es propiamente aplicable a la representación de la Duncan. Danzas son las de las bayaderas, y ouled-nail, las jotas y tarantelas, el minué, la gavota, el vals y la polka, hasta el funambulesco cake-walk. Las de Miss Duncan son más bien actos mimados, poemas de actitudes y de gestos, sin sujeción nada más que al ritmo personal, sin reglas propias fuera de lo que indica la naturaleza. Así debió haber bailado más o menos el ilustre rey coreográfico David; así Salomé, la de azules cabellos; así los elfos que canta Leconte de L’Isle, y así, en una noche de luna, coronada la cabellera de jazmines, no sé si en Lima o en Bolivia, doña Juana Manuela Gorriti, según testimonio del poeta Ricardo Jaimes Freire. Para Miss Duncan no es precisa la música, o la música, en el sentido helénico, está en ella misma, la música silenciosa de sus gestos. La danza, según su teoría, se ritma por la música pitagórica, y el ritmo de las esferas, el ritmo de todo lo existente, se resume en su propio rítmico movimiento, al impulso musical de su espíritu. Esto, como véis, es un poco más complicado que los entrechats de la Cleo de Merode o de Zambelli. Para las bailarinas comunes es verdadera la definición del barón de Massias: el canto es la palabra de la música, y la danza es el gesto del canto. Para Isadora, no. Ella entra en filosofías y es demasiado antigua. Por otra parte, ambas cosas, filosofía y baile, se compadecen. Sócrates enseñaba a bailar a la misma Aspasia. La mima de los desnudos pies no tiene nada que ver con las Camargo, Guimard, Bernay, Mauri; su alma y sus piernas son de Tracia. Nada le enseñan Blasis y Lemaître y Noverre. Su inspiración no se encuentra en el diccionario de Compan; mas Luciano la reconocería discípula de Thea, frigia o cretense. Hello, furiosamente bíblico, le perdonaría quizá su desnudez, y el divino Stéphane la haría perseguir en el bosque por un fauno de su siesta. Mima griega, pues, tiene en nuestra civilización un velo que sus antecesores helénicos no tenían; lo que se llama la decencia. He aquí lo que dice Compan, autoridad en la materia: «A fin de que los intermedios de las piezas de teatro fuesen agradables, los griegos buscaron cómo hacerlos interesantes. Después que se representaba un acto, los bailarines lo repetían con saltos y gestos, y eso, siguiendo una cierta música imitativa de lo que se había representado. Esos bailarines fueron llamados «mimos». Se hace notar que esos bailarines fueron siempre muy ignorantes en el arte de imaginar una intriga, conducirla, sostener los caracteres y llegar a un buen desenlace. Con gestos indecentes hacían una mezcla monstruosa de tonterías burlescas y preceptos morales. Tenían la cabeza afeitada y los pies desnudos. Se cubrían con pieles de animales...» Ya véis que hay diferencia. Isadora supera en el tiempo la representación antigua, y hace admirar un florecimiento de este culto. Siente y piensa. A su arte se aplica la definición de Hippeau: la pantomima es la figuración de ideas y sentimientos. Isadora está más cerca de Sada Yacco y de Severin que de Mariquita.

Ahora bien, la adorable yanqui ha agregado una nota que los antiguos griegos no conocieron: el ensueño. Imagináos que realiza este prodigio: baila nocturnos de Chopin. Y no es ridículo. Os da el clair-de-lune con su cuerpo melodioso. Y ois cantar al ruiseñor, y hasta perdonáis los veinticinco francos de la butaca.

REMY DE GOURMONT

E apresuro a escribir estas líneas porque una grave preocupación me inquieta: M. Rémy de Gourmont, autor para pocos, escritor de una élite, de una aristocracia mental internacional, está amenazado de la atención de todas las gentes... La prensa le solicita, el reporterismo le busca... Dentro de poco me temo que el nombre suyo sea, si no popular, vulgar, como el de Nietzsche... Vulgar en las citas, en las afirmaciones de la mediocracia escribiente: «M. de Gourmont por aquí; M. de Gourmont por allá...»; y eso es terrible... Fuera de que, como según parece, mi especialidad es la de lo «raro», mi admiración y mi afección por el autor de tanta obra excelente se basan en la intangibilidad de su vida, en su aislamiento severo, en su monasticismo intelectual. Hace como unos diez años que, con Lugones, saboreábamos sus obras extrañas y admirables, las de su campaña del idealismo, sus prosas del Mercure, sus plaquettes exquisitas, su sabio Latin mistique; y nos complacíamos el poeta y yo en lo enigmático y arcaico de cada edición, en lo hondo del pensar, en lo maravilloso del decir, en encontrar un erudito que fuese un poeta. Escalígero entre los lirios. Baluce entre las esfinges. Lipsio bajo los laureles. Después nos comunicamos por asuntos literarios, y cuando llegué a París era su amigo. Pasé aquí cinco años y no le fuí a visitar. Respetaba mucho su silenciosa y retirada labor, su misterio. Sabía que era, en esta capital americanizada por la réclame y por el industrialismo de la publicidad, lo que son los especiales diamantes y los especiales espíritus: un solitario.