He aquí cómo narra el hecho el autor de Amitié Amoureuse, autoridad en la materia: «Rápidamente, entre el príncipe encantador y la orgullosa joven, herida por dolores inmerecidos (la historia de la madre de la niña es bastante escabrosa, y el padre está en una casa de locos), una simpática camaradería se estableció». Primero fué una dulce atracción, que les impulsó á aislarse del mundo. La vida de los duques y lores, tan lujosa, tan abierta, tan libre, sirvió á sus amores nacientes.
Estuvieron unidos en corazón y pensamiento entre los bailes de la Country, las partidas de tennis, de foot-ball. Fueron dos cuerpos con un alma. Todo era alegría para ellos, el mundo y la Naturaleza. Se embriagaban con los olores de los musgos, del tomillo salvaje, de todas las hierbas que hollaban los pies de la bienamada. De los labios del príncipe salieron palabras raras; de los de la joven murmullos acariciantes. Deslumbrados de amor, en vano quisieron apartar el encanto ...
Cuando el príncipe balbuceó:
—Nada revela tanto el alma de una mujer como el perfume que lleva: me place el olor de vuestros cabellos ...
Con esa linda reserva anglo-sajona que creó el arte de flirt, y para que dure más tiempo ese hechizo que le aureola como con un halo, la preciosa Gladys no quiere comprender hacia dónde van las palabras del príncipe, y, coquetamente, replica:
—Monseñor, me vaporizo con rose musquée. Es la antigua rosa cantada por Shakespeare ... pero se está acabando en el reino, y pronto ya no habrá. ¿Queréis ver el único rosal que queda?
¿Adónde no hubiera ido el príncipe guiado por la joven? Y he aquí el rosal, y las rosas. Ellos se inclinan, sus cabezas se tocan, se rozan. Cómo respiran, cómo vibran ... Y el príncipe, menos aturdido por el aroma de las flores que por el que emana de su amiga, dice:
—Las rosas huelen bien, pero vos, vos embalsamáis hasta embriagar.
—¡Oh, monseñor!
Ella tiembla, enrojece. Tímido y resuelto, él osa tomar su mano y la besa con fervor.