Y el rey, ese rey cuasi imbécil, ha tenido un bello gesto de muerte: «Quiero que se me deje morir con Draga en mis brazos.» Y en sus brazos blancos, de amor y vicio, muere. La soldadesca ebria arroja los cadáveres desnudos por una ventana. Es un instante en que reviven escenas del bajo imperio. Los dos hermanos de Draga mueren también sin bajeza. Piden fumar un cigarrillo cuando los van á fusilar: lo fuman, se besan, y entran en la muerte. Y el día alumbra la sangre y la venganza. Las músicas militares tocan por las calles y plazas, mientras la ciencia llega á revolver los cadáveres y á revelar, con el bisturí, en Alejandro: «Degeneración é infiltración grasosa del corazón; degeneración grasosa del hígado; cráneo espeso, de trece milímetros; espesor precoz de las meninges, con petrificación parcial; la duramater del lado derecho pegada á la píamater ...»; y en Draga la bella: «Comienzos de tisis cicatrizados; cuerpos fibrosos», etcétera; antiguas máculas, viejas miserias de enfermedad. ¡Triste y miserable y doloroso cuadro!
La oración fúnebre es de un soldado, y es también digna de Shakespeare. El soldado es un rudo gañán serbio, que lavó el cuerpo. Dijo:
«—¡Estaba bella en la muerte!»
Entretanto, un rey nuevo, flamante, es proclamado. Pedro I, burgués de Ginebra, va á hacerse cargo de la corona serbia.
Y en París, como en el bello libro de Daudet, vive la familia de los Karageorgevitch, que entra á Belgrado en triunfo. Y hay un príncipe Bodjjar, artista, soñador y artífice, que tienen amigos poetas, que fabrica bellos anillos, esculpe hermosos bustos y hace encuadernaciones de gran valor. Y hay un príncipe Arsenio, que tiene sus amigos entre los trasnochadores de los bars de lujo, que juega y tira el dinero, que bebe en compañía de inútiles mundanos y de cocotas el cocktail áspero y el amable champaña; y que, cuando entró al bar de la calle Helder el día de la gran noticia, fué saludado alteza por la clientela, entre taponazos y banderas serbias.
—¡Brindo por tus treinta y cinco millones!—dijo una de las alegres muchachas de á tantos luises.
Y sonreía el príncipe del bar.
Pero es que tú, lector, ¿irías tranquilamente á vivir al Konak?