En el lugar donde ha estado últimamente «en villegiature», un quiromante mundano consiguió que el potentado oriental le diese á estudiar su diestra. He aquí el resultado: «La línea de cabeza del soberano es casi nula; sin embargo, es fina como un cabello femenino, é indica aptitudes diplomáticas». La línea del corazón, por el contrario, se desenvuelve majestuosamente, sembrada de islotes, de meandros rojos, que indican pasiones carnales violentas y complicadas. La línea de vida es débil, pero prolongada; días largos y malestares constantes. Su Majestad es glotón—¡aquí de las berenjenas!—y se inclina á hacer trampa en el juego. El Monte de Mercurio tiene un desarrollo normal: si el cha no fuese un poderoso monarca, sería un comerciante de mérito. Pero lo que está sobre todo en su real mano, es la línea de las artes. Entre las manos «conocidas» la del pintor Carolus-Duran, es la que más se le parece. Si el cha pintase, escribiese, triunfaría. Y el cha no lo hace. ¡El cha es un señor muy cuerdo!

No creamos en las quirománticas rayas, ni dejemos de creer. El cha será un gran diplomático natural, y desde luego más culto que su difunto padre, que se limpiaba los dedos, después de comer, en los ricos cortinajes de los palacios en que se le hospedaba. Aunque la diplomacia y la buena educación pueden estar muy desunidas, como en el chino Li-Hung-Chang, de sonora memoria; pero, lo que es el protocolo, gime por él á cada paso. El cha no admite programas, ni disposiciones anteriores. Cada vez que se anuncia que ha de ir á alguna parte, él, en el momento de subir al coche, ó al automóvil, da orden de ir á otra parte. Il s’en fiche de M. Crozier, de M. Mollard, de todo el personal del palacio d’Orsay, y de M. Lépine, con su Policía. Como no habla más que persa, no conversa más que por medio de sus intérpretes, y allá las cosas que les dirá de cuando en cuando. A pesar de la opinión quiromántica, no parece que el rey de reyes sea muy aficionado á las damas. Quizás será que, dueño y señor de tantas, allá en Persia, se encuentra ahito. Sin embargo, ¿cómo no ha de haber encantado su alma de primitivo, su espíritu de Oriente, esta joya humana, este bijou con vida que se llama la parisiense? Yo me figuro que es esa una de las cosas que más le atraen en esta capital de atractivos. Joli Paris!

Taciturno, como cansado, lleva este hombre raro su vida de Camaralzamán moderno, contagiado, aunque no tanto como se quisiera, de la enfermedad occidental, de la fiebre de progreso. Trajo diez millones, como dinerito de viaje. Ya se le acabaron. No importa. Pedirá otros diez. Compra todo lo que le gusta; y al bárbaro que hay en él le gusta, como al niño, lo que reluce, lo que hace ruido, lo que sorprende. Compra cajas de música, lámparas eléctricas, juguetes, espadas, bronces, muebles. Compra pájaros disecados, anillos, medallones, escopetas y automóviles. Sobre todo automóviles. Tiene ya como treinta, allá en Teherán. Los compra de todas las marcas. Los regala á sus ministros y á sus amigos. Para su uso particular tiene de los mejores, de los hipogrifos que hacen una enormidad de kilómetros por hora. Se ha llevado á uno de los mejores chauffeurs de París. Cuando sale con él, le dice: «Muy despacio.» Y el imperial auto, que es muy cómodo y lujoso, no va más ligero que un carruaje cualquiera. El cha es un sabio.

Mouzaffer-ed-Dine es un sabio; daría seguramente todo lo que tiene por la camisa del hombre feliz. ¡Se aburre! He ahí su mal; no los riñones, ni el estómago. El otro día decía un obrero parisiense al verle pasar: «Le hacen falta cuidados. Si tuviese algunas «molestias», se molestaría menos.» Es la verdad. Tiene la desgracia del hombre á quien no le falta nada. Cuentan que el príncipe imperial, en tiempos de Napoleón III, un día que veía desde las Tullerías jugar á unos niños pobres, bajo la lluvia, dijo á la emperatriz, que acababa de regalarle como presente de Noel una linda y rica colección de juguetes: «Mamá, yo te pediría otra cosa mejor». «¿Qué?» «Déjame ir á meterme descalzo, en ese «hermoso lodo» que hay allí afuera ...» El cha no ha tenido hermosos lodos en su vida. Y ha tenido, en cambio, una existencia de honores continuos y placeres. Su soberbia, su gula, su lujuria, su cólera han estado siempre satisfechas. Es señor de vidas y haciendas. Tiene harén y verdugo. No hay cosa que haya deseado que no la haya tenido inmediatamente. Si no ha tenido la luna, es porque no ha querido. Seguramente no le ha picado nunca un mosquito, ni la pulga del cuento de Víctor Hugo. Hay mil ojos que velan sus sueños y que inspeccionan sus vigilias. El oro y las piedras preciosas no tienen ningún valor para él. El amor le ha sido negado y la voluptuosidad le ha hartado y quebrantado. Alá le ha librado hasta ahora de los babistas que asesinaron á su padre Naser-ed-Dine, y de los anarquistas de otras tierras. Y él se fastidia, se fastidia soberanamente. Viene á París, y el pueblo le aclama, y se siente feliz, y toma una cantidad increíble de naranja y se deleita con la leguminosa consabida. El pueblo parisiense le ve pasar; le escribe cartas pidiendo todo lo que se puede pedir: le grita ¡viva! como á Krüger, como á Ranavalo, como á Cristina, como á la reina de las lavanderas y como á cualquier rey de oros, de copas, de espadas ó de bastos ...

Joli Paris!


DIVAGACIONES SOBRE EL CRIMEN