FIGURAS REALES

He visto pasar á una anciana vestida de negro, cuya existencia representa una de las terribles lecciones de Dios. Es la «re renante» del poema de Robert de Montesquieu ...; es el espectro doloroso de una soberana; es Eugenia de Guzmán, Fernández, la Cerda, Leira, Teba, Baños y Mora, condesa de Montijo, un tiempo emperatriz de los franceses. Clavel de Granada, rosa de Madrid, lis de París, después de una horrenda tempestad de sangre y duelos, he ahí en lo que ha venido á parar: en una triste vieja enlutada, llena de amargura y desdeñada de la muerte. Un día se presenta á visitar en su obscuro incógnito, este ó aquel palacio, ó museo ó biblioteca, y el canoso guardián comienza á explicar: «Una vez el emperador ...» Y la dama, levantando su velo: «Jean, ¿me conoces?...» «¡Ah! ¡Majestad!...» Sí; es la española garbosa y linda, la rosa-reina pintada por el pincel adulador de Winterhalter, entre vivas rosas; la orgullosa diadema de las Tullerías, que vivió un tiempo en cuentos de hadas y en decamerones imperiales, que se creyó dueña del mundo, que pasó en placer y soberbia como en un sueño, y despertó á los cañonazos alemanes, en la hora lívida de la derrota, y que mientras su marido entregaba la espada al primo de Berlín, ella huía al otro lado de la Mancha, amparada por un dentista yanqui ... ¡La pobre María Antonieta, más trágica, no pudo salvar su cándido pescuezo de cisne austriaco!

La suerte fué dura, áspera y dura, con Eugenia de Montijo. Todos sabéis que su única esperanza, su consuelo único, era el príncipe imperial. Y Napoleón IV encontró la muerte entre los zulúes, muerte de escasa gloria, al servicio de la Inglaterra, que enjauló al Águila en Santa Elena. «¡Viva el emperador!» gritaron un día unos cuantos bonapartistas delante del joven príncipe. «No, amigos míos, contestó éste; el emperador ha muerto.» También la emperatriz ha muerto; pero es una muerta que está en pie, quizás penando hasta los cien años que ella se profetizó un día luctuoso delante de su confesor, el abate Goddard.

Así va, de un punto á otro, en busca de distracción y de tranquilidad; de su retiro de Inglaterra, á Londres, ó á Balmoral, á visitar á los monarcas que la acogen; á la Costa de Azur ó á este su París de antaño, que no la conoce cuando pasa.

Si Eugenia es sombría, Isabel es pintoresca. En el palacio de Castilla, Avenue Kléber, continúa siendo reina de España desde su destierro. Es decir: goza de su buena parte de lista civil, tutea á los españoles que se le acercan, da su mano á besar como en los buenos tiempos, y se divierte. Es una reina cuya historia es demasiado sabida; simpática, sans gêne, soberana de país de Cucaña, abierta, generosa, alegre. Se le debe, entre otras cosas, una frase deliciosa. No hace muchos años, la Prensa toda se ocupó de un incidente ruidoso. La infanta Eulalia, en acto de protesta, se fué del palacio de Castilla á la Embajada. El nombre de un caballerizo húngaro anduvo por los periódicos. El embajador se permitió llamar á la cordura á su majestad. Su majestad septuagenaria exclamó, desolada: «¡Que siempre haya de ser yo desgraciada en mis amores!» La memorable abuela que habla así no es una alma vulgar. Merece una corona de mirto, bajo la advocación de la señora doña Venus, mujer de don Amor, como decía aquel admirable arcipreste de Hita.

Doña Isabel se mantiene en su regio retiro, visitada por sus fieles amistades, y cuando llega la villegiature se va á un castillo no lejos de París. Cuando vivía su marido, el pobre Don Francisco de Asís, solía hacerle compañía de vez en cuando en Epinay. Pero ya á Don Francisco se lo llevó la muerte, vestido de franciscano, como cumplía á un rey católico. Doña Isabel ha visto á su nieto coronado, y cuando la reina María Cristina ha estado en París, la entrevista entre las dos soberanas ha sido muy cordial, al parecer; pero en el fondo no hay seguramente una gran simpatía. La historia del reinado de Isabel II está llena de anécdotas dramáticas y curiosas en su parte íntima, y hace algún tiempo, un cronista bien informado publicó en Inglaterra, en la New Review, muy sugestivos capítulos.

Doña Isabel, aunque personalidad parisiense desde hace tantos años, es españolísima. Dicen que su lenguaje es franco y algo libre, y que le place mucho el gazpacho.

Yendo una vez de Venecia al Lido, en uno de esos antiestéticos vaporcitos, útiles como la prosa, que ofenden la presencia de las góndolas, llegó á sentarse cerca de donde yo estaba, una pareja que inmediatamente llamó mi atención. Él era un hombre un tanto obeso, de noble cara; fumaba un habano en boquilla de espuma y oro. Ella, una dama ya no joven, de cierta gracia, severa y pensativa y de una absoluta distinción. Un enorme perro se echó á sus pies. En el collar de la bestia, este nombre: «César.» ¿Dónde he visto yo á este hombre?, me preguntaba. En Santiago de Chile le había visto hacía unos catorce ó quince años. Era Don Carlos de Borbón, y su mujer doña María Berta de Rohan, duquesa de Madrid. Mientras caminaba el vaporcito dejando la ciudad triste y divina, me puse á contemplar á esos reyes en el destierro. Don Carlos está aún fuerte y lozano, aunque ya ha nevado en su cabeza y en su barba. Parece que en sus ojos se leyese la desesperanza, la convicción de que todo triunfo será ya imposible, al menos para él. Y, sin embargo, ¡qué rey decorativo, qué rey tan rey haría Carlos María de los Dolores, Juan Isidoro, José, Francisco, Quirino, Antonio, Miguel, Gabriel, Rafael! A pesar del vientre, como su primo el de la Gran Bretaña. Pero España ya sigue otros rumbos, y el carlismo parece muerto, á pesar de una que otra convulsión que suele ser desaprobada por la prudencia, desde Venecia. Doña Berta, en todo caso, jamás habría sido aceptada en España como reina. La aristocracia española, la monarquía española, no la habrían reconocido, á despecho de su real consorte. Ella se queda fiel á la divisa de su apellido: reina no puede; princesa no se digna; Rohan se queda. Don Jaime está allí, no obstante, y con su sangre joven y belicosa quizás intente dar más de un susto al joven Alfonso. Tiene la suficiente fiereza y cuenta con la suficiente simpatía para hacer moverse de repente unas cuantas boínas. Don Carlos piensa ... Don Carlos medita ...