Tal es la escena que se desarrolla, más ó menos dura, en París, en innumerables, sórdidos habitáculos, en que los alojan esos comerciantes en figuritas; abominables yeseros, más ruines que los comprachicos, puesto que desfiguran y mutilan también el alma de tantos desventurados italianitos. Y todavía hay excelentes burgueses, rubicundos ciudadanos patriotas, que al verse importunados, cuando toman su ajenjo en una terraza, por uno de esos niños de hermosos ojos, «se sublevan contra esos «extranjeros», que vienen á comerse el pan de los franceses», como dice un periodista.

En un ya viejo keepsake, oloroso al alcanfor del mueble en que ha estado por tantos años, y que habría ilustrado con su delicioso arte la adorable Kate Greeneway, he encontrado las impresiones de una sentimental y culta señora, Mme. Louis Janet, sobre los pobrecitos pifferari. Dice que le interesaban profundamente esos niños y niñas que iban por las calles, no por su arte rudo y su pintoresco atractivo, sino «desde el punto de vista de la humanidad». «Vedlos en cualquier tiempo que haga, recorriendo las calles más frecuentadas, los bulevares ó los grandes paseos de la capital: su rostro hace una mueca, bajo el canto que su boca entona y la miseria traspasa los pliegues de sus escasos vestidos, así como se ve sobre los rasgos ya marchitos, ó casi, por las fatigas de su oficio penoso». ¿No es penoso, en efecto, el cantar á toda hora, cantar siempre, cantar á pesar de todo? ¡Eso hacen esos pequeños desgraciados! Y eso con un aire tan profundamente forzado, con un sentimiento de obediencia tan grande, que se adivina en seguida que en medio de la muchedumbre que les rodea, muchedumbre compuesta de curiosos en apariencia, hay ojos de Argos que velan sobre ellos, y brazos listos para golpearles, «si no desplegan todos sus medios» ó no usan todas las gracias y habilidades de su edad para obtener la ligera ofrenda de los asistentes. En efecto: la mayor parte de esos niños que os parecen abandonados á sí mismos sobre la vía pública, van acompañados de sus padres, que calculan las ganancias del día y preparan las del siguiente. Y cuando digo acompañados debería decir seguidos, pues los padres, en ese caso, afectan no conocerlos. Les siguen de lejos, como indiferentes, se detienen cuando los niños se detienen, y algunas veces hasta dejan caer unos céntimos en el plato de la cantadorcita ó del joven artista, para que esa munificencia sea imitada por el público, que por naturaleza es un poco mouton de Panurge. Hoy, más que á los padres, encontraría Mme. Janet á los empresarios. Empresarios de vendedorcitas, de pifferari, y de deshollinadores de chimenea, los ramoneurs, que también tuvieron su tiempo en las leyendas y en los cuentos. En cuanto á las núbiles cantadorcitas ó modelos, tienen otro fin, en la corrupción cosmopolita y gastada de la vasta capital.

El romanticismo doró la vida de esta mísera infancia esclavizada. Ya es el bonito pifferaro solo, con su sombrero puntiagudo, sus negras pupilas, su sano rostro de niño de país solar, y su indumentaria convencional, sentado sobre una roca del camino, como un pastor, soplando en su flauta; ya es el grupo errante de tez morena, una niña, como de catorce años, toca la pandereta; otra, más pequeña, el violín, y un niño semejante á un San Juan de retablo, tiende su sombrero con ambas manos, en demanda del óbolo de los transeuntes. O ya en el cuadro de Haquette, canta el viejo ciego, y el niño, un amor que sopla convencido, le acompaña en su flauta, ante unos marineros y una vieja que escuchan serios, conmovidos, atentos. Todos esos niños románticos, tienen frescas caras de flores y de frutos, parece que un deus artístico más que otra cosa les animase; cuando más, es una miseria de convención y llena de cierto encanto, la que representan. Se diría que están para aparecer en una escena del Chatelet, ó que posan ante un pintor. ¡Cuán lejos de la realidad! Casi no hay pobrecito de estos que venden yesos que no revele en su rostro, en sus harapos, la negra vida que pasan. Los ojos de Italia brillan en sus ojos, la luz de la divina península; sonríen á veces y ríen, en la inconsciencia de la infancia; pero sus rasgos están atajados, más ó menos, según el tiempo de martirio que lleven; se podría también calcular ese tiempo por lo que dicen sus tristes cuerpos delgados, á través de los andrajos, y á menudo la chispa del sol italiano en sus miradas, se confunde con la llama de la tisis. Los niños menores, los pequeñitos, son los que dan más lástima. Los crecidos, los hombrecitos, los que han pasado, vencedores de la tuberculosis, quizás no reciben ya golpes ... Los hay que dicen en sus gestos y en sus palabras la independencia próxima, la fuga al trabajo libre ó al crimen.

¡Ah!, ¡si la liga que hoy se funda pudiera remediar en alguna manera la perra suerte de estos sin ventura! ¡Si en Italia, en Buenos Aires, en Nueva York, en Chile, en la República Oriental, en todas parte donde los italianos y los amigos de Italia pueden hacer algo, se ayudase á la liga para lograr la libertad de estos niños, para encaminarlos á una vida de trabajo y de energía, para arrancar de la muerte ó del presidio de mañana á estos tiernos seres!

Sería una obra de bien. El Gobierno francés, estoy seguro que ayudaría con leyes y disposiciones oportunas, y el siglo xx quitaría del mundo una enorme infamia del pasado.


FRINÉ