... He aquí una cubana que envía una escena galante, de «fiesta galante», en un paisaje versallés, cerca de los boulingrins y de las diosas de mármol. No hay duda, la señorita que eligió esa tarjeta se complace en Watteau, gusta del siglo de las elegancias, quizás ha leído á M. De Nolhac y á los Goncourt ... Para un baile de trajes, elegiría la cabellera empolvada, el rico faldellín, el prestigioso guardainfante, el recto corsé de pico. De la Argentina, he aquí un envío completamente septentrional. Hay un paisaje de nieve. Enmarcada de hojas de pino, se mira en el centro la floresta despojada, los árboles escuetos en lo rudo del invierno. Solitaria, una cierva se destaca sobre el blanco fondo. Me parece suponer que no es una rubia, nostálgica de las regiones del frío, la que me manda esta tarjeta; antes bien: una bruna y ardorosa meridional que, por el amor del contraste, piensa en los países de las willis, en las baladas nórdicas.
Esta otra envía una escena de campesinos amores. Mas su pasión rural más bien se me asemeja al elegante idilio de un soñado Trianón, de un refinado hameau en donde marquesas pastoras llevan cayados adornados con sedas y flores. Todo esto es también muy equívocamente sentimental, muy siglo xviii.
He aquí un grupo que indicaría preferencias británicas, si no se tratase de una señorita cuyo nombre es absolutamente español: es un grupo de perros. Debe ser la niña amante de los sports, encariñada con tontons y demás animales preferidos por la mundana zoofilia. ¿Le copiaré una frase de Buffon, ó alguna ocurrencia byroniana? Muy maliciosa ó muy inocente la que ha elegido para solicitar un verso, el retrato de una de las más renombradas hetairas de este pecaminoso París ... ¿Sabe ella de quién se trata? ¿Ó demasiado dueña de su inteligencia, osa á todas las sonrisas y se declara tan sólo adoradora de una plástica perfecta? Hay otras que, simplemente y por seguir la moda, mandan la primer postal que tienen á mano: estatua, vista, panorama ó edificio de su ciudad. Una me remite una postal de La Nación: «La Uruguay en el puerto de Buenos Aires, trayendo la expedición sueca.» Tal señorita debe ser seria, reflexiva, entusiasta por las glorias de su patria, y en su hermoso rostro debe reflejarse la llama de los orgullos nacionales. Y soñadora, muy soñadora seguramente la que ha recogido un bello rostro femenino, de rêve, que se perfila sobre la superficie de un mar tranquilo en cuyo horizonte se perciben vagas velas. ¿Será aún, influencia por Quo vadis?... ¿la que ha preferido el retrato de la dulce Mieris en su papel de enamorada de Petronio, y la que envía una escena romana que se diría ilustración de la «famosa» novela?... De buen humor es la que eligió dos rollizas holandesas risueñas, cerca de un molino, y de preferencias trágicas la que se aficionó á una tempestad en el mar, el cielo rojizo, las olas en furia y una barca en peligro. Sentimentales, vanidosas, ambiciosas, caritativas, maternales, sutiles, románticas, sensuales, misteriosas, se revelan otras. Sus gustos dicen sus almas; al menos que, tratándose de mujeres, no digan las significaciones todo lo contrario.
Ésta que eligió una escena de soledad, amará el bullicio de las calles y de los paseos, la alegría convencional de los salones, las exhibiciones del lujo, los triunfos de belleza en aristocráticas justas. Aquella que envía una escena cómica, será quizás grave y triste. La que manda un barco sobre las olas no se habrá embarcado nunca y desdeñará los viajes. La que quiere una estrofa para un Romeo y Julieta, será frívola, ligera y poco fiel en el amor. La que envía un clair de lune alemán, tendrá los más lindos ojos negros y la más sonora risa argentina ... La que escogió una cara de viejecita, tendrá la suya fresca como una corola de rosa, y la que dió su preferencia á un corazón entre la nieve, tendrá el suyo ardiendo en la llama de la más divina de las hogueras.
Pero la que me mandó á M. Combes, me deja completamente estupefacto.
LA GLORIA DE TARTARÍN
¿Recordáis el apogeo del ilustre héroe de Alphonse Daudet, del pequeño Quijote, del incomparable personaje que tiene por nombre Tartarín de Tarascón?... Sus aventuras, su vida, su renombre, excitaron grandemente los nervios de sus conciudadanos ... Imaginaos á los habitantes del lugar de la Mancha «de cuyo nombre no quiero acordarme» furiosos contra D. Miguel de Cervantes Saavedra ..., toda proporción guardada. Mal asunto para la piel de Petit-Chose si llega á pasar una temporada en la tierra natal de su héroe preferido. Hubo «fumistas» que en algunos hoteles tarasconeses firmaron en los libros de registro: «A. Daudet». Unos tuvieron que huir ante una tempestad de garrotes; otros tuvieron que arrojar, y pronto, la máscara y declarar su identidad, y alguno pagó en sus espaldas la peligrosa usurpación de gloria ... Daudet no se detuvo nunca entre la amenazadora gente. «No—decían los tarasconeses—, Tartarín no ha existido y Daudet se burla de nosotros ... Zou! Froun de l’air! ¡Que no venga por aquí, porque le saldrá cara la invención de ese falsificado personaje!» Y miraban como una profunda deshonra la caza de las gorras, el estupendo baobab, la aventura del león y aquel sublime camello familiar que merecería una estatua ... Mas el tiempo pasó y la cólera meridional se fué aplacando. Turistas de diferentes puntos de la tierra, cuando oían gritar en la estación: «¡Tarascón, tantos minutos!», descendían é iban al hotel más cercano. Luego salían á recorrer la ciudad y preguntaban por todo lo que tenía relación con Tartarín, por Bravida, por Bezuquet, por el excelente Pascalón ... Luego solicitaban visitar la casa de Tartarín ... ¿No se busca en Florencia el sasso de Dante, en Stradford-on-Avon la casa de Shakespeare, en París la tumba de Napoleón?... Al principio Tarascón protestó ... Pero el turismo deja dinero; y después de todo, los tarasconeses serán ingenuos, sonoros, ruidosos, pero no tontos ... Y meditaron que lo mejor era sacar partido de la que les había hecho Alphonse Daudet. Y de pronto los viajeros empezaron á estar bien informados. Todos los héroes vivían. Pascalón era aquel vecino de la esquina; Bezuquet, el de más allá.