Mas en verdad, lo que sí hallarán, tanto M. Loubet como su comitiva y los turistas, son unos excelentes hidalgos que hablan con sinceridad y que sienten con entusiasmo. Los paseantes verán una buena capital sin las grandezas y lujos de este maravilloso París, pero sin apaches ni batallas nocturnas, gracias á la mohosa, vieja, pero utilísima institución del sereno. Hallarán buenas gentes, sin la famosa morgue castillane, que reciben al extranjero con la más franca cordialidad y se gastan con él lo que tienen y lo que no tienen. Y, sobre todo, verán y admitirán «las más lindas sonrisas del mundo», como dice un corresponsal del Fígaro, en esos rostros incomparables de las mujeres españolas, incendiados de miradas prodigiosas, rostros de Concepciones de Murillo y de ángeles de Goya. Admirarán esa hermosura natural, esa gracia autóctona. No dejarán de notar que no es poca la importación del parisienismo, y que en la alta clase y en la burguesía rica hay mucho del faubourg y del boulevard ... Mas las hijas del pueblo, las gatitas verdaderas de Madrid, les ofrecerán ejemplares de raza, flores de belleza propia. Celebro que el Blanco y Negro haya tenido la buena ocurrencia de dar una fiesta á los periodistas franceses, con mucho de guitarra, y «venga de ahí», y tangos y seguidillas y gitanas. ¿Ha habido gitanas? Si no las ha habido es un pecado. Debe haberlas habido, y de las de más negros ojos y más salada palabra, de las que dicen la buenaventura y ríen y roban ... Así, los queridos confrères vendrán contando que no se les ha robado la plata ... Que han visto algo de lo que contaba Nodier ... Y la célebre dame au masque, la sonora Mme. Du Gast, podrá saber y contar algo más sobre espagnolós y cigaretós.
EN CASA DE MINERVA
Cada año el Instituto—esto es, las cinco Academias que lo componen—celebra una sesión, muy concurrida y solemne, en que los sabios y los artistas, juntos, confraternizan ante la mirada respetuosa ó ante las sonrisas de un público ya admirativo, ya escéptico.
Naturalmente, á esa sesión no faltan, no dejan de llevar las damas sus atavíos elegantes y sus gracias. Ir á esa sesión, como á cualquier solemnidad académica, es una cosa distinguida. No se pierde tampoco el tiempo. Por lo general, los oradores ó lectores son escritores, artistas y sabios que entretienen amablemente al auditorio, que saben lo que dicen y que lo dicen bien, en esta lengua francesa en que es tan difícil aburrir ó decir una tontería. Por muy áridos que los asuntos sean, puede decirse que nuestras «latas» españolas, nuestros «solos» argentinos, son muy raros y casi imposibles en ese recinto. Así, las lecturas hechas por Edouard Detaille, Sénart, De Foville, Edmond Perrier y Jules Lemaitre encantaron á la concurrencia. El uno es un pintor, el otro un arqueólogo, el otro un estadista, el otro un hombre de ciencia y el otro un hombre de letras, y todos cinco fueron oportunos, claros, amenos. Había en esa asamblea de viejos un innegable verdor, como el de las palmas de sus uniformes de inmortales. Esos viejos representan la gloria y el prestigio consagrados de Francia; esas barbas blancas honran al pensamiento humano, y el más modesto de esos trabajadores de la idea es un bienhechor de la comunidad.
Con justicia M. Detaille, al fin de su discurso, recordó las expresivas frases de Renan: «El Instituto es una de las creaciones más gloriosas de la Revolución, una cosa completamente propia de la Francia. Muchos países tienen academias que pueden rivalizar con las nuestras por la ilustración del personal que las compone y por la importancia de sus trabajos. La Francia solamente tiene el Instituto, donde todos los esfuerzos del espíritu humano están como ligados en haz: en donde el poeta, el historiador, el filósofo, el matemático, el físico y el astrónomo, el escultor, el músico y el pintor pueden llamarse fraternalmente compañeros.»