PASCUA

Es este el mes pascual, el mes del buen hombre Noel, del gran Santa Claus de las barbas blancas de nieve. El frío ha comenzado agudo y violento. Las pieles reaparecen en los cuellos y espaldas, y las manos finas de las mujeres se anidan en los manguitos. Los grandes y pequeños almacenes comienzan sus exposiciones de juguetes, y ante los cristales de los escaparates se abren, cuan grandes son, los ojos de los niños. Niños rubios, niños morenos, niños ricos y niños pobres ... Las librerías, por su parte, exhiben étrennes; las galerías del Odeón brillan llenas del oro de las encuadernaciones. He querido ver los libros y los juguetes del año, haciéndome todo lo niño posible, según el consejo evangélico, y de mi observación no he quedado muy satisfecho. ¿Es que ya, en realidad, no hay niños? ¿Acaso el alma infantil de otras veces ha desaparecido, y se nace hoy suscriptor de periódico, miembro de club ó pretendiente á un sillón del Congreso ó del Instituto?

Paso por las nociones científicas que vayan contenidas en un juguete; pero, ¿qué tienen que ver la imaginación del niño y su necesidad de distracción con las miserias de la actualidad, con la anécdota vil de la vida política ó de la vida social? Digo esto porque entre la innumerable cantidad de juguetes del nuevo año se encuentran algunos de muy discutible interés para la infancia, como el Coffre-fort Humbert Crawford y la Fuite de Boule-de-laine, alusiones directísimas á dos procesos de estafa, de que tanto se ha ocupado la Prensa parisiense. Una señora muy sensata hacía observar á este propósito: «Esos juguetes de circunstancias tienen siempre mucho éxito, porque al mismo tiempo que á los niños, divierten á los grandes; por eso se ve, al acercarse el Año Nuevo, tanto grupo de parisienses detenerse en los bulevares alrededor de los camelots que venden el «juguete del año». Habría, sin embargo, que entenderse. ¿Para quién son hechos los juguetes?; ¿para los niños, ó para sus padres? Es posible creer que para los primeros. Y entonces lo que más sería de desear es que los bambinos á quienes regalen esas invenciones no comprendan nada de ellas. Una madre se creería culpable si dejara en la mesa á un niño tomar parte en un plato demasiado picante. Hay que pensar que el alma del hijo merece tantos cuidados como su estómago.»

No es raro ver chicuelos que se dan de bofetadas por un asunto que nada tiene que ver con sus pocas primaveras. No fueron escasos los disgustos que hubo en los colegios y escuelas cuando el período álgido del asunto Dreyfus. La culpa no es sino de los padres.

Á las niñas se les enseña antes que otras cosas los hábitos del salón y hasta los refinamientos del flirt. Á los niños se les arma de sables y se les presenta como preciso y hermoso el espectáculo de la guerra, el oficio de matar alemanes, chinos ó negros. Fusiles y muñecas, diría un famoso poeta doméstico mejicano. Si uno pudiese oir las confesiones de una muñeca de niña rica, con el oído con que Samaín escuchó á su figurita tanagreana, he aquí lo que se entendería más ó menos: «Soy una cocotita de seda, encajes y oro, que se muere de pena bajo el poder de una niña que sabe tanto como una mujer. Tengo un pequeño automóvil que es un prodigio de mecánica, un rebaño blanco en un Trianón minúsculo como para mí, y me parezco á la reina María Antonieta. Mis trajes cuestan mucho dinero, y mi guardarropa solamente puede competir con el de mi ama y con el del perro de mi ama. No recibo caricias; pero me enseñan á bailar el minué, la pavana, y, sobre todo, el cake-walk. Sé hacer reverencias y tengo en mi interior un pequeño fonógrafo con canciones á la moda. Con lo que yo valgo puede comer un año una familia de trabajadores. Mis relaciones son escasas, pues no puedo codearme con simples bebés-jumeau de á 12,50 francos, pequeña burguesía. He conocido, en cambio, á un viejo boer que fuma en pipa, á Drumont, al Emperador de la China, y á la Bella Otero acompañada de nuestro animal municipal, quiero decir, con perdón, el cochon. Pero me aburro y me vuelvo tísica. Necesito caricias verdaderas, palabras cordiales, una buena mamá afectuosa, que me duerma en sus brazos y me bese con ternura. «¡Helas!» ¡Quién fuera el pedacito de palo que arregla y mima una simple Coseta!» Y la muñeca está con la justicia. Ella no ha venido por el buen camino, no ha venido en la mochila del viejo Noel, no ha sabido nada del grito jubiloso: Christus natus est ...

Los hombrecitos de mañana, ó de pasado mañana, cuando dejan sus fuertes de cartón, sus espadas, sus soldados de plomo, sus bois de Boulogne, con mujercitas y biciclistas, sus pistolas eureka, es para tomar el «ataque al fuerte chino por el ejército de aliados», «la artillería nueva», las «grandes maniobras». Todo el mundo conquistador, todo el mundo militar. Ó bien el pequeño «laboratorio de física», ó las «matemáticas aplicadas», ó los «cartones de problemas». Todo el mundo sabio. Luego, á la luz de la lámpara, ¿qué libros le interesan? ¿Sobre qué cuadernos lujosos se deleita su curiosa cabecita? Sobre doradas nociones científicas, cuando no con aventuras tontas ó cuentos ridículos, en su mayor parte. Convengamos con René Brochot: los libros para niños no son en Francia como debían de ser, y no por falta de inteligencias y voluntades. Es quizás á las asombrosas imágenes pintadas en la Biblia (dice ese atinado escritor) que deslumbró la infancia de Pierre Nozier, á las que debemos en parte al delicioso mago Anatole France, y, sin duda, la diversidad y la gracia de los espíritus de los hombres son lo que las hicieron las lecturas y las visiones de los primeros años. Importa, pues, mucho, no ofrecer á los niños libros ridículos y cromos de una vulgaridad grosera. Los padres se imaginan fácilmente no merecer ningún reproche cuando dan á los recreos de sus hijos las estúpidas aventuras de la familia Fenouillard ó del Sapeur Camembert. Es lo que ha formado en parte en las nuevas generaciones el gusto por des expeditions coloniales et des niaises gandrioles. Sin embargo, existen en Francia libros excelentes para la infancia, álbums con buenas ilustraciones que acompañan cantos tradicionales, de esos cantos que en todas partes saben los niños, y que se cantan á coro en alegres rondas ... En la América Latina contamos con una colección de cuadernos de primer orden, ilustrados á propósito, y cuyos versos, si no estoy mal informado, se deben á un notable poeta colombiano, Rafael Pombo. Me refiero á esas fábulas ó cuentecitos rimados que todavía hacen la delicia de muchos niños grandes: