Veamos bien las cosas. La parte anarquista que hay en mí se ablanda si ahondo los motivos de tan inútiles derroches de sentimentalismo y de francos. No soy un fanático en la lealtad perruna, porque he visto prácticamente que ella no es tan fundamental como se cree. El perro es interesado y sinvergüenza; el gato es vanidoso y maligno. Pero Voltaire y Byron tenían razón: el estimable rey de la creación no es mejor que los otros animales. Antes que Byron, alguien había escrito: «Mientras más conozco á las gentes amo más á los perros.» Y Hugo, que descubrió en ellos el sudor en la lengua y la sonrisa en la cola: «El perro es la virtud, que, no pudiendo hacerse hombre, se hace bestia.» Me explico el hombre triste, solitario, hosco á golpes de la vida, desconfiado de sus semejantes, en esta inmensa selva de lobos bípedos en que vivimos y que llamamos mundo. Desengañado, herido, burlado por la amistad, desgarrado por el amor, desdeñado por la consecuencia, encuentra en un perro el silencio afecto, la caricia de los ojos, la cuasi palabra del ladrido inteligente, el salto que equivale á un apretón de manos. Y en sus horas amargas mira al compañero cuadrúpedo como que quiere participar de su dolor, como que le quiere consolar, como que busca la manera de hacerse entender y como que comprende las palabras y las miradas.
Es un amigo, es una cosa en que poner el cariño que no halla colocación por la maldad, por la falsía, por la ferocidad humana. Y ese hombre quiere á su perro con el querer que pondría en un sér inteligente, y con el egoísmo de quien se siente querido, así sea por esa ínfima alma instintiva que apenas puede formular su volición en la prisión misteriosa de su naturaleza. Él es su compañero de paseo y su ayuda de caza. En el reposo de su soledad se echa á sus pies. En él hay una vaga comprensión de justicia, como en el perro de Benvenuto ó el de Montargio. Su bondad ó su maldad serán como las de su amo. El perro del bandido será bandido, como el perro del ciego es limosnero, como el perro del artista es soñador. La heroicidad no es ajena á su instinto. Moustachu tiene aquí su estatua, como Cuatrorremos, el bombero, es recordado en Santiago de Chile.
Perros y gatos domésticos, pájaros como el loro del Corazón simple, de Flaubert, pasan, benéficos, en un ambiente de sentimiento, en la estéril soledad de las viejas solteronas sin familia. ¡Pobres viejas solas! El animal querido es para ellas todo su amor; en él ponen las ternuras que no encontraron correspondencia ó que la suerte no pudo premiar con la realización de un ardiente deseo. No hay marido, no hay hijos, no hay más compañía que la de venales sirvientes, y si la pobreza es mucha, la soledad reina. Entonces el gato sigue por las habitaciones á la anciana; el perro se hace presente; come al mismo tiempo el escaso puchero y duerme á veces en el mismo lecho. Es una ayuda, es un espíritu, es un corazón que palpita al lado, y en ocasiones ha sido el salvador de la vida. Mueren esos animales; el desconsuelo es tan grande como si muriese una persona amada. Hay quien los entierra en el jardín de su casa, y los llora y los recuerda por toda la vida. Se creó el cementerio de animales, y allí van, con más ó menos pompa, Bob, Turc, Sultán, León, Stop, Mistigris, Miau, Bijou, Fifí, Lilí, Tití, y demás apelativos onomatopéyicos.
Desde la extraña necrópolis se ven las aguas del Sena, á un paso. Arboles frondosos dan sombra, y el perfume de las flores abundantes hace grato el aire. Al salir me llamó la atención un monumento sobre el cual se alza una corona heráldica. Es el de una perra de la princesa Cerchiara Pignatelli. La dedicatoria explica una vida de sufrimiento, mitigada por la compañía del fiel animal, y ve uno cómo se juntan en los mismos simples afectos, las sensibles porteras y las aristocráticas damas. Las penas son las mismas. El dolor de la vida tiene las mismas llaves que la muerte, y abre todas las puertas. No lejos, un gran pavo real de bronce se levanta sobre artísticas rocas revestidas de variadas flores.
La misma niña y la misma perra me despiden en la puerta. Sé que la perra es conocida de todo el pueblo, y que es inteligente y ha realizado varias proezas. No hace mucho tiempo, Spera—ese es su nombre—intentó una buena acción, con un su semejante, pero no tuvo éxito. Alguien ató á un perrillo una piedra en el cuello y lo echó al Sena. El animalito logró sostenerse por un momento en unas ramas de la orilla. Spera lo vió y se puso á ladrar desesperadamente. Llegaron los guardianes del cementerio, y con ayuda de una caña, quisieron sacar al pobre animal que se ahogaba. Fué imposible, pues el peso de la piedra lo arrastró al fondo.
A falta de un biefteack de despedida que ofrecerle, pasé á Spera la mano por el lomo. Y volví á París.