Hablando de las crueldades de los haitianos dice un escritor: «Se buscaría en vano en la historia de los pueblos una manifestación igual de ferocidad. Las vísperas sicilianas y la San Bartolomé fueron juegos de niños comparados con la masacre de Santo Domingo, que saludó la aurora de la república haitiana. Las tradiciones locales abundan en recuerdos espantosos. Colonos, marqueses y condes que llevaban los más hermosos nombres de Francia,—Richelieu, Gallifert, Breteuil—fueron picados vivos, milímetro por milímetro, bajo el cuchillo de los negros, refinados en su salvajismo. Otros fueron decapitados, con un acompañamiento de circunstancias atroces. Los verdugos dejaban las armas de acero, que cortaban bien, y aserraban las carnes y tendones con fragmentos de viejos aros de barril. Y se cree que los blanc-français que perecieron, hombres, mujeres, niños, fueron en número como de veinticinco mil.»

Tienen razón, pues, los blancos residentes en la república semicimarrona de temer por sus vidas. Y los hijos de la civilización europea deben poner oído atento á estas palabras con que el citado D. E. Tobías concluyó el estudio que llamó mi atención y del cual os he señalado algunos puntos: «El problema del siglo xx será el de las relaciones por establecer entre la raza blanca y la raza de color en el mundo. Creo que razas de color triunfarán sobre las razas blancas».

«En la categoría de las razas de color coloco á los africanos, los indios, los chinos, los japoneses y los habitantes de la Oceanía. Tengo la firme creencia de que esa victoria de las razas de color será cierta, y me baso sobre todo en el hecho de que las razas de color aumentan numéricamente, mientras que las razas blancas disminuyen. Y es el número el que dirá la última palabra.»

Ya se encargarán en el país de las bandas y de las estrellas de enseñar á Tobías cómo hablaba Zaratustra.

Mas ¿cómo hablaba Jesucristo?...


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