M. De Marboeuf tomó el libro. El niño leía un tomo de las obras de Corneille. Se encantaba con «Nicomède». Estaba en la escena en que Prusias, indeciso entre su hijo y su mujer, dice:
Te veux metre d’accord l’amour et la nature, Etre père et mari dans cette conjoncture. Nicomède. Seigneur, vouley-vous bien vous en fier á moi? Ne soyez l’un ni l’autre. Prusias. Eh! que dois-je être? Nicomède. Roi! Refrenez hautement ce noble caractère; Un veritable roi n’est ni mari ni père; Il regarde son trône et rien de plus. Régnez!
La señora de Bonaparte quiso regañar á su hijo. M. De Marboeuf intervino. No le digáis nada, señora. Un niño que se distrae leyendo á Corneille no puede ser un niño común.
En efecto: el niño, ya hombre, fué el que tuvo á Corneille por libro de cabecera, así como Alejandro la Iliada y César la Historia general de Polibio. Los primeros libros son los primeros directores.
Brochot aconseja á los padres de París y de la provincia francesa no tanto el amontonar propiamente álbums para niños, sino poner en la paternal biblioteca obras como Perrault, la Biblia, Dante, ilustradas por Doré, ó las provincias francesas decoradas por Robida, ó ya otros libros, cuyos grabados decentes y magníficos puedan ser contemplados por ojos pueriles. Niños y niñas tendrían así un tesoro de visiones cautivadoras ó majestuosas, diferente al pequeño bagaje que se les fabrica hoy. Esas visiones se proporcionarían por sí mismas á la fuerza de los ojos y de los espíritus infantiles é irían desarrollándose y realizando toda una belleza progresivamente con la marcha de la vida. Yo desearía que un escritor artista argentino, ó un escritor y un artista, realizasen allá algo semejante á la obra de Robida sobre las provincias francesas. La leyenda y la historia ayudarían, y las ilustraciones apropiadas encantarían é instruirían en las cosas nacionales á los pequeños hijos de la patria. So pretexto de hacer pequeños prodigios, no quitarles nunca, jamás, los tesoros de la risa y del ensueño. Hay que hacerles admirar los héroes de la historia nacional, á la par que apartarlos del moreirismo y de los espectáculos de inútil sangre derramada. Desarrollarles la imaginación, destruyendo la superstición. Sembrar en el buen terreno virgen ideas útiles para la vida que viene, granos prácticos, pero regarlos con una lluvia clara y fresca de poesía, de la necesaria poesía, hermana del sol y complemento del pan.