El gran país de presa es odiado en la tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los recientes sucesos africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran Bretaña se presenta en esta misma Francia recelosa, será, como en Italia, acogido con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con sus hindús y su burrito.

Y así pasó. Derouléde dió una cortés nota desde su destierro. Los diarios anglófobos no tuvieron atmósfera propicia, y Eduardo fué llevado y traído por la gentil Mariana, dándole una ilusión de amor al que es un jolly good fellow.

Un libro reciente de M. Jean Finot, de muy noble altura y de muy generosas tendencias, tiende á demostrar la necesidad de un acercamiento, de una unión en favor de mutuos intereses entre Francia é Inglaterra. Es verdad que en la Historia mantienen la tradicional enemiga nombres como Crecy, Poitiers, Calais, Azincourt, Isla Mauricio, Aboukir, Canadá, Waterloo; pero también es cierto que intelectualmente ha habido simpatías, cambios y relaciones desde siglos. Los embajadores espirituales han compensado en parte los males de las sangrientas campañas. Desde Montaigne hasta Verlaine y Mallarmé, la literatura francesa ha tenido entre los ingleses buenos apreciadores y seguidores. Jean Carrére tiene razón cuando dice que la élite de ambas naciones se busca. «He aquí lo que es indudable: en Inglaterra los hombres de letras gustan del espíritu francés; en Francia, los hombres de letras aprecian la cultura inglesa. Nuestras literaturas, nuestras artes, nuestras costumbres mundanas, se hacen cada día más y más perpetuos cambios. No hay país en donde los libros franceses sean mejor comprendidos que en Inglaterra. Por otra parte, basta haber viajado algo en país británico para haber observado con qué interés sincero los verdaderos gentlemen buscan y gustan de las relaciones con franceses. Ellos también saben con qué cordialidad son recibidos en la alta sociedad francesa.» Verdad. Y en las manifestaciones del pensamiento ha habido sorprendentes regalos de una á otra parte. ¡Qué donadores, por ejemplo: Carlyle, Taine! ¡Y entre los Orfeos: Hugo, Swinburne! La aristocracia intelectual londinense llamaba al pobre Lelian, para oir sus conferencias, pagándole con largueza. El autor de la Siesta del Fauno era «profesor inglés» ... Dorian Gray gustaba del ambiente parisiense como Des Esseints de las brumas de Londres. Y el rey ha sido amigo de ambos, el príncipe bon enfant, el ordenador de las masculinas elegancias, el autócrata de la fashion. El populo parisiense manifiesta, cantando con la música de los Plouplous d’Auvergne:

Si nous v’aimons guère Tes mufles d’sujets, Edouard, mon vieux frère, Toy, tu nous allais ... Combien il nous tarde De t’voir revenir, Car Paris te garde Un bon souvenir.

Es poco respetuoso el tono; pero en la confianza va algo de efecto. El rey lo comprendía al saludar sonriente al singular pueblo de París. Su imagen andaba por todas partes, haciendo «marchar el comercio» en alfileres de corbata, en banderitas, en hojas, en muñecos, en abanicos, en cocardas, en insignias, en medallas, en dijes, en toda suerte de fotografías y grabados, en carteles y en las caricaturas de los periódicos, fuera de las cartas postales, en donde se le puede ver desde la pompa del trono hasta bailando el cake-walk con el presidente Loubet. La gloria instantánea en todas sus manifestaciones, el beguin de París.

Ese beguin, ¿no fué ayer no más que lo tuvo con el tío Pablo?... ¿Que quién es el tío Pablo? Un viejo presidente de una república africana llamada el Transvaal ...

Eduardo VII busca la paz, y la comunicación y la amistad en el mundo. No es un rey de aislamiento ni de odio, y tanto mejor para él. Siga en ese buen camino. Afiance hasta donde le sea posible esa paz con que sueña, y que con él desean tantos hombres de buena voluntad. Siga amando el arte, el sport, y, aunque hoy plácida y románticamente, las bellas damas. Eso le hará bien en la Historia, en donde aparecerá, no manchado de sangre, ni revestido de crueldad y de egoísmo, sino amable, gentil, caballeroso, un coronado gentleman, un Plantagenent jolly good fellow.