Hago mi visita a este magnífico pabellón en compañía de un artista y pensador, Hugues Rebell, el autor de la Nichina, de la Camorra, de l’Espionne de l’Empereur y demás obras llenas de pasión y de encanto verbal. Es un amante de Italia, de todos los países latinos, y se prepara para partir en seguida a España, a ver la exposición Goya, pues tiene por propósito publicar un libro sobre aquel soberano maestro y su obra. Como algunos diarios han atacado la sección italiana de la exposición y, como para decir verdad, hay un ambiente poco simpático para Italia, procuro sondear el alma de Rebell, a quien juzgo muy lejos de sentirse influído por los afectos de la Tríplice. Sé que es un admirador de Arrigo Beyle, milanese, y por algo sus mejores obras tienen por escenario la bella tierra amada de los artistas.
—¿Mi opinión? me dice, con su voz de confesor, callada y aterciopelada. Que amo a Italia grandemente, y que sobre esta exhibición momentánea, de industriales hábiles o de artistas verdaderos, veo alzarse el enorme árbol de gloria de aquel país singular. ¿No recordáis mis Cantos de la Lluvia y del Sol? Cuando he visto Florencia y sus palacios, en donde sueña todo un pasado de luchas y glorias, cuando he contemplado esas obras maestras del arte que en todas las calles os llaman a un sueño de belleza, mi ser se ha estremecido y ha querido clamar: «¡Soy toscano! ¡soy toscano!» Si he nacido en Francia, mi alma debió tomar su vuelo al sol una mañana de estío, desde las alturas de Fiesole, sobre las bellas sombras negras de los cipreses, sobre el valle del Arno, lleno del canto de las cigarras.
A menos que no venga de esas llanuras donde tiemblan los sauces, donde las viñas en guirnaldas se doblan bajo los racimos, de esas llanuras que regocijaron la mirada del Sodoma, del Corregio, del gran Leonardo. Quizás es hija de esa fértil Campania que Ceres y el dios del vino protegen; tal vez nació a los murmullos del mar amoroso de Baia. Sé solamente que formáis parte de un paisaje familiar visto en sueños, o conocido otras veces, ¡oh tierras de luz, montes de azul en la mar azul, campañas en donde el crepúsculo se eleva en grandes sombras majestuosas! ¡Italia, tierra santa para los que una tarde Virgilio vino a encantar con su solemne tristeza, para los que vivieron en los siglos de acción y de belleza, Italia, quisiera arrodillarme y besar tu suelo de recuerdos! ¿Quién viéndote ahora dormir podrá creer que estás muerta? ¡Oh durmiente, cansada de obras maestras, entre los monumentos de gloria que diste al mundo, agotada por tantos divinos partos, descansa, que bien has ganado tu sueño! ¡Cómo, llegada la hora, te alzarás de tu lecho, presta para nuevas labores y coronada de la diadema! ¡Oh durmiente! ¿No has sido, aun en este siglo, una gran trabajadora, no hemos visto unirse el Orgullo veneciano, la Risa de Nápoles, la Actividad genovesa, la Gracia milanesa, el Espíritu de Florencia, y este orgullo romano, pesado de las coronas que los siglos amontonaron sobre su frente? Almas diversas de Italia, no sois ahora sino una alma, pues tenéis todas un mismo amor: la Belleza. Pero, Italia, cuna de mis sueños, tú no me has educado; mi madre y mi nodriza es Francia la dulce, y no quiero ser ingrato con ella ni con mis maestros familiares: Montaigne, el gran Montesquieu y La Fontaine, ese hijo de las malicias sonrientes. Mi sueño de amor crece en medio de las lindas y voluptuosas hijas de Fragonard, en los parques en que Watteau, bajo vastos boscajes, hace avanzar, con reverencias, jóvenes de nucas rubias, de faldas amplias y luminosas. Mi deseo y mi pensamiento es Francia quien me los ha dado; sería incapaz de vivir si se me prohibiese vivir en francés. Pueblo de fuerza, pueblo de gracia, cuya lengua es vaporosa como un bello valle en la aurora, cuyas palabras huyen y se desvanecen como el río entre los sauces, caro genio de sonrisas y de claros pensamientos, cómo serían mi crimen y mi locura si osara negarte! Preciso es ser un pesado bebedor de cerveza de ultra Rhin, discípulo de Marx, un pesado socialista servidor del Vientre, para renegar de la patria. Todo hombre que tiene una virilidad, todo pueblo que no es esclavo, siente un genio de fuego palpitar en sí, que le impulsa a dominar. Todo hombre altivo, todo pueblo noble tiene un orgullo que alimentar, y por él se bate y por él quiere vencer. Es en esa lucha eterna que se encuentran la gloria y el gozo de la humanidad, por tanto dinero vertido, tanta sangre regada. La guerra da la fuerza, dispensa la vida. La guerra es la grande alcoba de humillación y de orgullo en que un pueblo se baja, o un pueblo se eleva. Que los alemanes deseen la gloria de Alemania, está bien; yo debo querer la Francia victoriosa. Todos los pueblos, cada uno a su turno, estarán a la cabeza del desfile...
La sonrisa de una parisiense, que al ver la cara episcopal de Rebell se pudo imaginar que el poeta me recitaba una homilía, o me predicaba un sermón, suspendió la tirada lírica. Estábamos en una de las más bellas instalaciones del pabellón italiano, la de tejidos y encajes florentinos y venecianos, que sugieren visiones de épocas novelescas y de escenas suntuosas, de patricios y de príncipes, de caballeros de largos mantos y gentiles dogaresas. La cerámica de Salviati nos atrae con sus deliciosas formas y su delicadeza de líneas y colores, y los frágiles muranos evocan interiores amorosos, fugaces vidas de flor, la escena d’annunziana de la Foscarina, o el cuento sutil y simbólico de mi muy querido Julio Piquet... Y hablan de las pasadas glorias romanas los bronces, los alabados San Giorgi, y los que el poeta de la Alegoría del Otoño celebrara en una de sus más admirables páginas, en honor del fundidor que ha sabido encontrar los viejos procedimientos y, en sus estatuas y demás trabajos modernos, transmitir la misma alma material nacida del fuego y de la combinación metálica, que hace inmortales de belleza las obras antiguas: To make eternity, que diría Carlyle. Las porcelanas halagan la vista con sus colores, aunque entre mucha labor fina se noten piezas que desmerecen, la censurable promiscuidad. Un arte, el de la ferretería, que un tiempo tuvo en España su mayor triunfo, se ve representado aquí por labores de bastante mérito. Mas no compite lo hoy trabajado con lo que podemos admirar en las viejas rejas de las iglesias, en maravillas que el martillo dejara para admiración de las sucesivas generaciones. Los vitraux que se exhiben no son comparables con los que hoy se hacen en Francia, Alemania e Inglaterra; pero hay una habitación de Florencia, en que bien se puede colocar el más moderno y grato sueño de amor. Es un estuche de vida feliz. El toscano arcaico de las decoraciones, la chimenea en piedra florentina, el mobiliario que cubre un tejido riquísimo de punto de Hungría, la tapicería lujosa y graciosa, hacen pensar en las horas incomparables que una pareja amada de la suerte podría sentir deslizarse en tan exquisito recinto. Se presentan también a la vista bien trabajados mosaicos; los asuntos, reproducciones de cuadros religiosos célebres, hacen creer en encargos parroquiales. En las paredes, al subir las escaleras que conducen a las galerías superiores, se ven imitaciones hábiles de antiguos manuscritos iluminados, y en el centro, un gran busto de Humberto, que no pretende ser una obra maestra, preside. Allá arriba se despliega la labor de las escuelas; desde las escuelas de artes y oficios hasta los establecimientos en que las manos de las niñas hacen sus bordados y labores. La muchedumbre lo invade todo. Quiénes van a observar las instalaciones de los constructores de navíos; quiénes, un dibujo; y los grupos de mujeres se detienen delante de las vitrinas en que se expone un bello tejido de punto, o una miniatura, o un plano.
Allá por la Avenida de Suffren, está Venecia, una reducción para feria, con imitaciones de las conocidas arquitecturas, góndolas y gondoleros; y por la noche la iluminación da, en efecto, la sensación de horas italianas en la ciudad divina, de arte y de amor, mientras se escuchan músicas de bandolinas y canciones importadas de los canales. A Rebell no le gustan estas falsificaciones. El autor de la Nichina cree que para gustar de Italia hay que ir a Italia, y que esta Venecia de guardarropía es únicamente propia para divertir a los snobs de París y del extranjero que no han tenido la suerte de sentir cómo es bajo su propio cielo, el beso de la luz y del aire venecianos, florentinos, milaneses, napolitanos. Esta Venecia, sin embargo, ayuda a soñar. La imaginación no necesita de mucho para transportarle a uno a donde quiere, y da idea de la realidad, al reflejar el agua del Sena las linternas que van como errantes flores de fuego, en la sombra nocturna, sobre las góndolas negras. Como el elemento italiano frecuenta mucho este lado de la Exposición, es frecuente oir sonar el si en labios armoniosos de hermosísimas italianas. Quiero decir, entiéndase bien, que el si suona. Los franceses y las francesas que se hacen pasear por las góndolas, no desperdician la oportunidad de chapurrear el italiano, y de entonar a coro el Funiculí-funiculá, o la indestructible e inevitable Mandolinata.
Pero donde Italia triunfa, a pesar de la hostilidad de buena parte de la crítica, es en el gran palacio de Bellas Artes, con sus artistas admirables. El desdén proverbial de cierto París se ha hecho manifiesto ahora al tratarse de pintor tan eximio como Segantini, a quien se ha dedicado una sala en la sección italiana. Digo de «cierto París», pues el malogrado artista ha recibido en vida y en muerte el justo homenaje de la crítica sin prejuicios, en este país difícil. No hay sino recordar las páginas que a su obra dedicara revista de tanta autoridad como la Gazzette des Beaux Arts. Mas me ha dado pena el leer juicios como el del crítico de la Revue Bleue, en que se desconoce el altísimo mérito de aquel maestro de luz cuya ideal vida armoniosa tiene pocos parangones en su siglo. Segantini, el de los dulces y profundos paisajes, el revelador de las alturas y de las nieves, el rey de los Alpes, ha sido maltratado por la pluma de más de un revistero ocasional tocado de chauvinisme.
Siento grandemente que mi deber de informador me reduzca a tomar nada más que rápidas impresiones; si no, sería el momento en que con placer dedicaría un estudio aislado al adorador de la Naturaleza que ha muerto en Italia entre el duelo de los intelectuales y la admiración de todas las gentes, a aquel artista cuyo genio comprendió el alma de las cosas, el misterio de los animales, y que tenía la cara de Cristo.