Ante la cual Krüger romperá su Biblia.

“LA NUEVA JERUSALÉN”

8 de Enero de 1901.

A primera nieve del año caía sobre París, y yo iba, al amor de su blancura, a lo largo del bulevar du Port-Royal, camino del templo neocristiano de Swedenborg, situado en la rue Thouin. Había visto en el New York Herald que el servicio era público y que se efectuaba el primero y tercer domingo de cada mes. Luego, la casualidad en la forma del pintor de Groux me había puesto en contacto con un singular personaje; artista e iluminado, que pretende nada menos, y sus razones ha de tener, revolucionar la música en el mundo. He nombrado a M. G. Núñez, sobre el cual y su obra rara he de volver en ocasión próxima. M. Núñez, iniciado desde hace largo tiempo en las doctrinas swedenborguianas, que guían hacia lo que se llama la Nueva Jerusalén, hombre culto y ferviente de fe, se ofreció a ser mi compañero en mis místicas investigaciones.

Cuando llegamos a la iglesita no había en ella ninguna alma. El aspecto del lugar me pareció el de una capilla protestante cualquiera. Sobre un fondo azulado se destaca la cátedra. El recinto, apenas si dará cabida a más de doscientas personas. Hay una galería alta, a graderías. En ella está el armonium para cantar los himnos. A los lados de la cátedra, dos ramas de pino, ignoro el por qué—en dos macetas.

Poco a poco fueron llegando los fieles. Tipos de viejas viudas, jóvenes pálidas, un anciano de aspecto militar, y algunos gentlemen de apariencias mundanas, quizá curiosos, o periodistas como yo. Por fin, después de largo esperar, apareció el pastor, un hombre de cierta edad, manera de empleado de gobierno o de profesor de lenguas, o antiguo tenedor de libros; pero con ojos de visionario y rostro moldeado de fe. Nos levantamos para rezar la oración del comienzo, el Padrenuestro, con una frase agregada. Después de: «Mas líbranos, Señor, de todo mal», hay que decir: «Porque tuyos son el reino, el poder y la gloria.»