He allí al sonoro Privas, rey de los cancioneros, con su melena, su facha completamente «artista», sentado al piano y lanzando couplets que hacen levantar el vuelo a las bandadas de aplausos. Luego Yon Lug, cuyo nombre parece el de un mandarín y cuyo aspecto es el de un apóstol del arroyo. Simpático cancionero, que los montmartreses conocen, familiarmente, allá en su cabaret famoso, de Quat-Z’arts. Con su gran voz de sochantre, y con notas de canto llano, dice las glorias de la calle:

Ave
Pavé...

y la gran voz brota sobre la selva negra de la barba y bajo la copiosa montaña de la cabellera.

Se le aplaude y parte haciendo reverencias entre las olas de sus inmensos pantalones. Y llega Jehan Rictus, con su cara cristiana y su figura toda que han comparado a una lágrima. El lírico argótico, el poeta que escribe en lunfardo parisiense, el favorito de los cocheros, de las prostitutas, de los miserables, casi no puede dar principio a su dicción, pues de las altas galerías le gritan unos que recite una cosa y otros otra, y se armó así una de todos los diablos, hasta que Rictus se hizo oir: «Sí, diré primero el Revenant, y luego la Complainte.» Todos quedaron así satisfechos. El Revenant es Jesucristo. Este cancionero originalísimo hace comparecer la divina figura, y en sus versos, los labios de los caídos, de los perdidos, hallan manera de saludarle con bajas palabras que ascienden por su sencillez sentimental hasta la categoría de vocablos de laudes y de letanías. En el fondo de Le Revenant hay una profunda oración al Doctor de la dulzura. Hubo aplausos, y no hubo gritos. Parecería que aquellas gentes meditasen por un momento.

Después fué la célebre Complainte des petits déménagements parisiens. Y todo el mundo a reir, a aplaudir, a gritar,

Badadang boum! Badadang d’zing!
Janvier, Avril, Juillet, Octobre,
Quoi c’est que c’chambarde dans Paris
De Montmertre à l’av’nu’du Maine
Et d’Lénilmuche à Montsouris?

Y la serie de versos que burla burlando dejan al paso los más terribles vitriolos. Rictus dice sus estrofas con una voz triste, el cuerpo inmóvil, los brazos caídos, y la boca contraída por un marcado rictus, que quizá le haya dado su nombre de guerra.

Badadang boum! Badadang d’zing!

Al fin llegó Jaurés. «El primer orador de Francia», me previene mi vecino. El primer orador de Francia me parece por de pronto un obrero; y cuando empieza a hablar, un campesino. «Citoyennes et citoyens!...» La vocecita no promete nada y el gesto zurdo desanima. Pero no; no pasan muchos minutos sin que el orador haya cambiado por completo. Es un obrero el que habla, pero un gran forjador, un vigoroso herrero de la palabra. El discurso brota sin detenciones. No hay una idea que no salte limpia y clara, bien martillada, bien lanzada. Trata de la misión social del teatro. Es sencillo y es admirable. Lee una página de Diderot, comenta, explica, saluda al precursor. Señala el momento en que el pueblo empieza a aparecer en los escenarios como persona que obra. Alaba a Hauptmann. Analiza el teatro individualista. Se inclina ante la venerable y fiera figura de Ibsen. Y ese hombre que al principio os parecía de aspecto vulgar, se convierte en un soberbio órgano de pensamientos. ¡Cuán lejos las músicas españolas; cuán lejos nuestra oratoria de retores! Cuando habla Jaurés, sus ademanes son de quien siente la idea viva y asible. A veces parece que forja, a veces que amasa, a veces que siembra, en un largo gesto.

Su público le aplaude repetidas veces. Cuando concluye, los vivas resuenan. Todo el mundo de pie, canta el himno internacional de fraternidad. Un consejero municipal, en el centro de la sala, dice las estrofas, y el gran coro, cierto, levanta el espíritu. Allá arriba alguien inicia el Ça ira, gran parte del público le acompaña. Otro comienza la Carmagnole: