Ahi genovesi, uomini diversi
D’ogni costume, e pien d’ogni magagna
Perché non siete voi del mondo spersi?

Las genovesas que he visto, son esbeltas, garbosas, gentiles, de grandes ojos que se han embriagado de mar y de cielo.

Paseo por la rada. El agua está serena y el horizonte está «histórico» como diría Roberto Montesquiou. Amarrados a los muelles, los barcos descansan, esperando sus cargas. Un acorazado italiano, el Garibaldi, está de estación. Al lado, están remendando la cáscara de hierro de un buque de guerra turco. Advierto que en una de las planchas de popa, un salaz obrero sin duda, ha pintado, con tiza, con visible irrespeto por la media luna, una figura obscena que cualquiera puede notar de lejos.

El bote que me conduce se dirige al lado opuesto, hacia la barrera de piedra que se ha alzado a la rabia del mar, y que éste en ocasiones ha mordido y despedazado por algunos puntos.

Hermoso de toda hermosura el panorama de la ciudad, recostada sobre su vasto anfiteatro, dorada por el sol que se pone. Es una tarde azul acariciada de fuego. Las alturas se destacan como labradas sobre el cielo. En el Rhighi, comienzan a encenderse vivas luces. El cristal marino refleja la ciudad y la luz celeste que declina. Hay una dulzura pacífica e íntima que llama al silencio y al recuerdo. Mi compañero y yo no nos decimos una palabra. Es uno de esos instantes en que se piensa, al callado amor de la naturaleza misteriosa, en seres y cosas amadas que están lejos... en la ausencia, o en la muerte. La suavidad del agua y del firmamento compenetra nuestros cuerpos y nuestras almas.

La bondad y la ternura de la existencia ocupan un momento la máquina hecha a los esfuerzos y a las luchas. Nuestro espíritu es en esos instantes como un blanco palomar de donde se envían a lejanas distancias, mensajes de cariño, de consecuencia, o de pasión. La campana de la iglesia de los Ángeles, tocó el Ave María. El eco religioso que iba en la brisa pasó como un soplo de bien sobre nuestras frentes. El barquero dejó los remos y se descubrió. Cuando volvimos la vista al horizonte crepuscular, habían aparecido las primeras estrellas.

19 Septiembre.

El cementerio de Génova es famoso; veamos el cementerio de Génova. No me place visitar a los muertos en su ciudad. He visto el presuntuoso Green Wood, allá en los Estados Unidos, y el célebre Père Lachaise, en París. Casi siempre he notado, aun allí, las injusticias de la suerte. Poe, en Boston, tiene un pobre busto; Verlaine no tiene aún nada sobre sus huesos. Los Sres. Bouvard y Pécuchet en todos los cementerios del mundo ostentan mármoles y bronces por toneladas; y más que los Sres. Bouvard y Pécuchet, los Sres. Chose y Machin. Pero jamás me ha chocado tanto lo grotesco de la vanidad burguesa, en la muerte, como en este enorme camposanto. Graciosas, elegantes, pintorescas, muchas de las capillitas y mausoleos que decoran la pendiente de la colina, hermosean el lugar fúnebre; así son admirables también y de mérito artístico, bastantes sarcófagos y estatuas que se encuentran en las galerías. Pero la profusión de lo contrario choca. Buenas gentes que poseen los suficientes escudos, se hacen fabricar un papá de bronce, una mamá de mármol, y se colocan ellas mismas en actitud dolorosa. Y así el cincel o la fundición perpetúan máscaras codiciosas, faces de enfermos, bons-hommes satisfechos, imágenes de gordos rentistas o de secos traficantes. Ello da al contemplador

Parte da riso e parte da vergogna

como dice el Magnífico en su Beoni. Todo eso va aumentado con las largas leyendas en forma monumental, con todos los circunloquios y énfasis que son de ley en este país de la retórica latina. En algunas tumbas el dolor ha tenido talentosos intérpretes en simulacros personales, o en figuras simbólicas. Os recomiendo entre otros la figura de un anciano encorvado, que llega al imperio de lo desconocido y bajo el cual se lee un verso de la Comedia: (Inf. III).