Los Orcagnas encantan en su simplicidad. El Triunfo de la Muerte es un largo poema ante el cual el contemplador podría pasar días de deleite estético. Nunca se ha expresado más claro el eterno contraste, que en esta página de piedra en que el pincel relata la obra de la invencible Perseguidora.

Por un lado la primavera de la vida, con sus amores y músicas, canciones de placer, besos y pompas. Por otro la miseria, la áspera pobreza, en el polvo del camino, el hambre, el dolor. Y la muerte con su hoz, en medio, en los aires, que dará su golpe a quien menos piense en ella, y no oirá la llamada de los miserables, y les dejará seguir padeciendo en lo duro de la existencia. ¿Cuál figura más horrible que esta descarnada vieja de alas de murciélago y pies de largas uñas, que maneja su arma inevitable sobre la fiesta de las rosas y de los labios?

Taine es demasiado seco en su grandeza, demasiado frío en su fuerza. No puedo olvidar su juicio neto y geométrico sobre este espectáculo de arte, y su severidad profesoral ante el Infierno, por ejemplo, de Bernardo Occagna. «Un mundo poético de donde la poesía se ha retirado, una tragedia sublime que se convierte en una parada de verdugos y un taller de torturas, he ahí lo que ese Dante sin talento fabrica sobre los muros». Yo encuentro la elocuencia simple de un artista que expresa con un lenguaje comprensible de la muchedumbre, las tendencias; los temores, las ideas de una época. Hallo en estos frescos el mismo espíritu y la misma expresión de los misterios, de las moralidades, de los autos. Dice Conti estas palabras que concentran mis ideas respecto a este arte primitivo en que miro una escuela de sinceridad: «Vi sono in pittura scorrozioni, imperfezioni, contorcimenti che hanno vita e bellezza assai maggiori di moltissime cose condotte a compimento nei piú minuti particolari e secondo la piú fidele imitazione della realtá».

Es este uno de los lugares de la tierra en que no debían penetrar sino los merecedores de la recompensa secreta, del oculto premio que en la meditación y en el recogimiento ofrece el misterioso numen: el encuentro, el hallazgo, en la profundidad del propio ser, de lejanas señales, de signos perdidos en la complicación de largas trasmigraciones, en que se reconoce algo de la personalidad vencedora sobre el espacio y sobre el tiempo. Siento que salgo de este sagrado recinto como impregnado de benéficas claridades. Sobre la tierra del Calvario en que crecen hierbas y flores, con la fecundidad luminosa del cielo azul.

Toda aristocrática alma vacilante debe venir aquí. Los ojos se anegarán en la magnificencia severa de los frescos; los pies hollarán mármoles funerarios, entre sarcófagos en que el arte antiguo pone en la misma idea de la muerte, la floración inmensa de la vida. Toda noble voluntad sentirá fuerzas nuevas. Alma que te has nutrido de desconocida savia, que has encontrado aquí un refugio inesperado para el viaje de las futuras ascensiones, ¿no sientes como un íntimo anhelo, como una vivificante invasión de sangre pura y flamante? A las puertas, con impaciencia, Pegaso piafa.

22 de Septiembre.

Solo, por estas calles, me encuentro, cuando menos pensaba en la plaza de los Caballeros. Entro en la iglesia de San Esteban y miro los estandartes antiguos que fueron ganados en las batallas contra los infieles. Al salir, en el palacio de los condes Finocchieti, un especialísimo lugar me impresiona verdaderamente. Es el punto en que, en la Torre del Hambre, Ugolino,

La bocca solevó dal fiero pasto.

Una persona pretende explicarme que la puerta de hierro que se descubrió en 1884, y que se exhibe como perteneciente a la prisión, bien puede no ser tal, sino que, etc., etc. Como Anatole France con sus reyes magos, yo permanezco en mi creencia, y nada me haría dudar de la autenticidad de lo que miro. Sí, ese viejo hierro vió la escena pavorosa, que para la inmortalidad fundió Dante en el bajo-relieve de sus sublimes tercetos de bronce. La visión del poeta cobra realidad a medida que pasa el vuelo de los siglos. La fábula se encarna en la tradición; la tradición se alimenta y vive con la sangre misma del pueblo. Ninguna demostración histórica, ningún comento de centón, ninguna memoria de erudito, destruirán lo que certifica la creencia de sucesivas generaciones. De ahí la absoluta inutilidad de los intentos para borrar de la conciencia popular la idea del milagro y el influjo de la leyenda.

Por las calles, recuerdo la aventura de Goldoni. Cuenta el célebre comediógrafo que, encontrándose en Pisa, sin conocer a persona alguna, salió a dar una vuelta por la ciudad. De pronto vió una gran puerta abierta por donde entraba mucha gente. En el interior, un jardín, en donde gran cantidad de personas estaba sentada. Un criado de librea, a quien preguntara qué cosa significase tal reunión, le responde: «El concurso que aquí miráis, oh señor, es una colonia de los árcades de Roma, llamada colonia Alfea o de Alfeo, río célebre en Grecia, que regaba la antigua Pisa, en Aulide». Como veis, el portero de los árcades se expresaba como convenía. Goldoni, que era listo y abogado, pide entrada y se le concede. Allí donde se decían versos y se discutían cosas poéticas con corteses razones, desenvainó un soneto viejo que pasó por inspiración, y le captó las simpatías y los abrazos de los nobles circunstantes. Además, un puesto en la ciudad, con renta regular. Los pastores apolíneos sabían entender las cosas. Yo no encuentro en mi solitaria andanza sino zapateros de viejo que remiendan en plena calle, una que otra hermosa muchacha asomada a la ventana de una casa vieja, y en un almacén en que ciertamente no habitan ni laboran los geniales artesanos de antaño, leo: Marble Works. Perfectamente. All right!