A Madame Leopoldo Lugones.

HA MUCHO QUE LEOPOLDO
me juzga bajo un toldo
de penas, al rescoldo
de una última ilusión.
O bien cual hombre adusto
que agriado de disgusto
no hincha el cuello robusto
lanzando una canción.

Juzga este ser titánico
con buen humor tiránico
que estoy lleno de pánico,
desengaño o esplín,
porque ha tiempo no mana
ni una rima galana,
ni una prosa profana
de mi viejo violín.

Y por tales cuidados
me vino con recados,
lindamente acordados,
que dice que le dió
primavera, la niña
de florida basquiña
a quien por la campiña
harto perseguí yo.

No hay tal, señora mía.
Y aquí vengo este día,
lleno de poesía,
pues llega el Carnaval,
a hacer sonar en grata
hora, lira de plata,
flauta que olvidos mata,
y sistro de cristal.

Pues en París estamos,
parisienses hagamos
los más soberbios ramos
de flores de París,
y llenen esta estancia
de gloria y de fragancia,
bellas rosas de Francia
y la hortensia y la lis.

¡Viva la ciudad santa
—de diabla que es—que encanta
con tanta gracia y tanta
furia de porvenir;
que es la única en el mundo
donde en sueños me hundo
con lo dulce y profundo
del gozo del vivir!

Viva, con sus coronas
de laurel, sus sorbonas,
y sus lindas personas
pérfidas como el mar;
viva, con «gamin» listo
estudiante y aristo,
y el gallo nunca visto
y el gorrión familiar.