Osos,
osos misteriosos,
yo os diré la canción
de vuestra misteriosa evocación.

Osos ermitaños
que ponéis pavores
en pastores
y rebaños;
el agudo cazador advierte
que os ponéis en cruz ante la muerte,
o para dar el formidable abrazo
que ha de exprimir la vida
contra vuestro regazo;
vais en dos patas como el adanida,
es así que he admirado
vuestro andar de canónigo, o bien de magistrado.
Con la argolla al hocico sacudís vuestra panza.
¡Osos sabios, osos fuertes y cautivos, a la danza!

Osos,
osos misteriosos,
yo os diré la canción
de vuestra misteriosa evocación.

Y al pasar un entierro
os he visto en la senda con la mona y el perro,
entre el círculo formado por hombres zarrapastrosos.
Grotescos enterradores
iban conduciendo el carro de podredumbre y de flores;
como signo de respeto
descubríanse un mendigo y un soldado.
El gitano se acordó de su amuleto.
Y tú, oso danzarín domesticado,
se diría que reías como estando en el secreto
del finado,
de la losa, de la cruz y el esqueleto.

Osos,
osos misteriosos,
yo os diré la canción
de vuestra misteriosa evocación.

Mas no el requiem, ni el oremus, ni el responso del gangoso
Chantre llegue a vuestro oído,
sabio y suave oso;
mas el canto de las zíngaras, o la música del nido,
o la estrofa del poeta,
o el ruido de los besos, o el ruido
del amor errante ardiente en la carreta.

Bien sabéis: la vida es corta,
y teniendo en vuestras fauces una torta,
o un panal,
profesáis vuestros principios más allá del Bien y el Mal.

Osos,
osos misteriosos,
yo os diré la canción
de vuestra misteriosa evocación.