«Parmi les histrions et les prostituées.»
Lamento no haya encontrado el secreto de ir hacia la muchedumbre permaneciendo siempre el mismo. El alma de la muchedumbre se engrandece bajo la mirada del que sabe conmoverla en sus profundidades—¡la muchedumbre, cliente de la Biblia y de Shakespeare!—Los escogidos que habían ido a Leconte de L'Isle le hubieran seguido al gesto que él hubiese hecho hacia esa divina multitud.
La naturaleza de su genio no quería el ruido.
Creo que una imponente lección se deduciría muy bien del contraste brillante que daría el sillón académico del gran misterioso, del gran concentrado, del gran artista objetivista, al subjetivista apasionado, desenfrenado, Verlaine; o al expansivo a toda costa, aun a veces a costa del arte—Emilio Zola.
Quizá la verdad y el porvenir pasaran entre la excesiva discreción del primero y la indiscreción de los otros dos. En todo caso, ambos son dignos de sentarse donde él se sentó. Los nombres de ambos, como el suyo, significan el ideal neto y personalísimo. La juventud los elegiría a cara o cruz...
¡Pero...! La Academia está falta de juventud. Podéis apostar, seguramente, que la gloria va a abandonar el sillón de Hugo y de Leconte de L'Isle: se lo apropiará la honrada notoriedad.
Las candidaturas probables ya vistas con buenos ojos, son las de M. M. Henry Houssaye, Stephen Liégard y Jean Aicard.
No tengo nada malo que decir de esos señores.
Henry Houssaye, como se sabe, resultó elegido inmortal. Verlaine está cerca de la muerte y de la inmortalidad. Y Zola, el fuerte cazador, de candidato perpetuo.