NOTAS ESPAÑOLAS
I
El joven poeta americano que vuelve de las corridas de toros, me manifiesta su descontento. Él venía bien pertrechado: Gauthier, Dumas, De Amicis, Barrés. Y su imaginación. Pero bien, le digo, ¿no ha encontrado usted en la Plaza algo de bizantino, algo de romano? ¿No le ha impresionado la muchedumbre, semejante a la de los clásicos circos? ¿Los toreros, de oro y seda, el sol, sobre todo, y la flotante alma de España?
—Sí—me contestó—; todo eso es verdad y lo he sentido. ¡Pero las tripas, señor, las tripas de los caballos!
Confieso que, como al joven poeta, me encantan todos los preliminares de la lidia, y me regocija lo pintoresco y musical del espectáculo; mas protesto en cuanto empieza la fiesta de la sangre y, ante mis amigos españoles aficionados, me pongo en ridículo. En vano he leído a Pascual Millán y al Conde de las Navas; en vano soy amigo de Mariano de Cávia; en vano he visto, no sin poco asombro, el entusiasmo tauromáquico parisién de Laurent Tailhade, que conoce sus clásicos, y que me hablaba en un café de Montmartre, hace ya algunos años, de lances, de Montes, de volapié y de descabello, delante de Gómez Carrillo, que sonreía de mi estupefacción. En vano fuí amigo personal de Ángel Pastor, en Aranjuez. No se compadece conmigo sino la parte decorativa del coso, por lo cual los taurófilos harán bien en compadecerme.
Que todo eso tiene su hermosura especial, ¿quién lo negaría? Muchos grandes artistas y escritores extranjeros son los primeros en reconocerlo. Confieso que, con caballos destrozados y todo, son preferibles los toros, por su estética, siquiera bárbara, a espectáculo en que se hacen pelear gallos pelados, correr por hombres enanos caballos flacos, o deshacerse las mandíbulas y sacarse los ojos a puñazos salvajes cebados y de fenomenales bíceps. En la lidia hay gracia, arte ágil, color, opulencia y elegancia. La música anima la representación, y, en verdad, por el giro de los lances y la variedad de las acritudes y pasos, se diría un «ballet». Un «ballet» sangriento y heroico.
No me da mucho rubor mi desafición a las corridas de toros, cuando sé que, entre ciento, Castelar, por ejemplo, y doña Isabel la Católica, no eran partidarios de estos ejercicios. Y combatientes de ellas, ha habido como el temible D. Gaspar Melchor Jovellanos, que dejó sobre el caso páginas enérgicas y memorables.
Yo he visto cuanto se puede ver en una corrida famosa, dada en honor de los Reyes de Portugal, en 1892, cuando las fiestas del Centenario de Colón, Lagartijo, Caraancha, Guerrita, caballeros en plaza, arte retrospectivo, ¡qué sé yo! Aquello era una fiesta de la más refinada tauromaquia. Admiré lo pintoresco, lo artístico, lo bizarro. Pero siempre me crisparon los nervios, como al poeta americano, las tripas de los caballos inicuamente sacrificados, a pesar de las explicaciones de los inteligentes y conocedores, que me decían ser indispensables esas carnicerías para poner al toro en estado de ser banderilleado y luego muerto por el espada.