Entró una visita. El señor Cay me presentó, y me dijo su nombre. Era el novio de María: «El señor general Lachambre.»

Tipo marcial, de esa especial marcialidad española. Joven todavía, correcto, elegante; la mirada vivaz y escrutadora, barba y bigote negros, voz acostumbrada a mandar, afablemente serio; en la solapa del smokin una camelia blanca.

Pasamos Julián del Casal—el poeta celebrado por Verlaine y alentado por Huysmans y Gustave Moreau—, Raoul Cay y yo, a un saloncito contiguo, a ver chinerías y japonerías.

Primero las distinciones enviadas al señor Cay por el Gobierno del Gran Imperio, los parasoles, los trajes de seda bordados de dragones de oro, los ricos abanicos, las lacas, los kakemonos y surimonos en las paredes, los pequeños netskes del Japón, las armas, los variados marfiles. Julián del Casal, el pobre y exquisito artista que ya duerme en la tumba, gozaba con toda aquella instalación de preciosidades orientales; se envolvía en los mantos de seda, se hacía con las raras telas turbantes inverosímiles.

... Y recordaba yo cómo Julián del Casal había cantado en admirables versos a María Cay—versos que pueden leerse en su volumen Nieve—, ¿enamorado de ella?... tal vez. Él parece que nunca lo manifestara. De todos modos, allá en el salón los novios conversaban, en vísperas de sus bodas, pues éstas se realizaron poco tiempo después.

En la celda—era una verdadera celda—en que el poeta vivía en la redacción de El País, gracias a la bondad del señor Ricardo del Monte, había entre reproducciones de telas de Gustavo Moreau, una del Calvario de Gerome, y otros cuadritos menores, un retrato de María Cay, de japonesa, antes de ser la generala de La Chambre. Ante ese retrato escribió un poeta amigo de Casal un sonetino que anda por ahí, por los periódicos:

Miro enfrente de la moza

Bañado en la luz del día,

El retrato de María,