[PERÚ]

Hace ya largos años tuve la suerte de pasar algunas horas en Lima. ¡Lima! La ciudad tradicional de la riqueza, de la gentileza y del encanto femenino, la ciudad de Santa Rosa y de D. Ricardo Palma. Y volvía yo de Chile para Centro América. El vapor tenía que permanecer algunas horas en el Callao, y yo aproveché ese tiempo para hacer mi corta visita a ese precioso relicario de la galantería y esplendor coloniales. No sufrí desilusión ninguna, antes bien, creo que hubiera permanecido allí por largos años. Pero noté ya que Lima se modernizaba. Actualmente sí que, si ha perdido algo de su vieja poesía, ha ganado en progreso y sigue siendo la flor del Perú.

Sobre el Perú de hoy se han publicado algunos libros en Europa y Estados Unidos; con todo, es poco sabida su situación presente, su despertamiento. Empieza a conocerse porque tiene laboriosos propagandistas, como el Sr. Carlos Larrabure, que hace en Europa tanto bien a su patria.

El Perú que, bajo el Imperio de los Incas primero, y bajo la dominación española después, ocupaba una enorme extensión territorial, comprendiendo bajo su dominio, además del Perú actual, el Ecuador y parte de los territorios de las Repúblicas de Bolivia y Chile, vió replegarse sus fronteras cuando la emancipación del continente dió vida independiente a las citadas repúblicas. Y aun cuando disminuído nuevamente su territorio por consecuencia de la desastrosa guerra del Pacífico, que hizo pasar a manos del afortunado vencedor el inmenso departamento de Tarapacá, con su ingente riqueza salitrera, cuenta todavía con la considerable extensión territorial de 1.800.000 kilómetros cuadrados, en el que se encuentran todos los climas del mundo, en el que se aglomeran las más variadas y las más ricas producciones de los tres reinos de la naturaleza, y en el que se pasa de las llanuras arenosas y de los valles de prodigiosa riqueza agrícola de la Costa del Pacífico, a las fragosidades de la sierra, cuyos flancos están cruzados por filones de los minerales más variados; y de las altiplanicies andinas, cubiertas de pastos naturales, capaces de alimentar millones de cabezas de ganado, a los bosques seculares del Oriente, cruzado por los grandes ríos navegables, el Amazonas y sus afluentes septentrionales y meridionales, recorridos sin cesar por legiones de caucheros, explotadores intrépidos del Hevea y del Castilloa.

La región de la costa se extiende a lo largo del Pacífico, en una extensión de Norte a Sur de 2.270 kilómetros, desde la línea fronteriza con el Ecuador, hasta el territorio de Chile. Su anchura, desde el Océano hasta las primeras estribaciones de la Cordillera de los Andes, es muy variable, alcanzando un máximum de 100 kilómetros.

Esta ancha faja de territorio, dotada de un clima suave que no pasa de los 28° centígrados en verano, ni baja a más de 8° sobre cero en invierno, y en la que es casi desconocida la lluvia, que sólo se presenta bajo la forma de llovizna menuda (garna), está atravesada de Este a Oeste por numerosos ríos, torrentosos en su mayor parte, que bajan de las cumbres de los Andes, y forman una serie sucesiva de valles, en los que se cultivan, sobre todo, la caña de azúcar, el algodón, el arroz y la vid.

Puede calcularse en 321.450 hectáreas la extensión de tierras irrigadas actualmente en la región que nos ocupa. Además, los diferentes proyectos de irrigación en estudio, permitirán aumentar esa superficie en 314.982 hectáreas más.