Que el tesoro que vela la importuna

Caricia de Marfil de tu abanico.

Ámame, japonesa, japonesa

Antigua, que no sepa de naciones

Occidentales; tal una princesa

Con las pupilas llenas de visiones,

Que aún ignorase en la sagrada Kioto,

En su labrado camarín de plata,

Ornado al par de crisantemo y loto,