Moraba en mi alma la melancolía.
La carnavalesca noche luminosa
Dió a mi triste espíritu la mujer hermosa,
Sus ojos de fuego, sus labios de rosa.
Y en el gabinete del café galante
Ella se encontraba con su nuevo amante,
Peregrino pálido de un país distante.
Llegaban los ecos de vagos cantares;
Y se despedían de sus azahares
Miles de purezas en los bulevares.