CORDOBA
Una modesta estación; un ómnibus que va mal que bien por la calle, sobre baches y fango.
Mal tiempo. He ahí mi primera impresión en la ilustre y secular Córdoba. En cambio, los verdes naranjos, en los cercanos jardines, y flores a pesar del tiempo, me resarcieron del inicial desencanto. El hotel en que me hospedo da a la vía principal de la población, la alameda llamada del Gran Capitán, en memoria de aquel magnífico guerrero D. Gonzalo, cuya casa natal estuvo por este punto. Cuando la lluvia ha cesado y puedo salir, veo grupos de gentes estacionados en la alameda, el eterno grupo de ciudad española, que conversa y «mata» las horas.
Fuera de este paseo, de que están orgullosos los habitantes, las otras calles son marcadamente típicas, descendiendo de la parte alta de la ciudad a la baja, o Ajerquia. No he podido menos que tener presente en mi memoria a la amable Córdoba argentina, a cada paso que he dado en la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera del espíritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino que el nombre imponía el recuerdo, y el haber sido centro de estudio y de saber en tiempos remotos esta ciudad abuela, como esa en no tan lejanos, continuando su tradición en los presentes. No son pocos los pergaminos de nobleza de la patria de Séneca y de Lucano, a la cual un latinista moderno hace declarar sus grandezas en clásicos exámetros: